Pasar al contenido principal

14-abr.-2026, martes de la 2.ª semana de Pascua

... dirigimos la mirada de nuestro corazón a Jesús Crucificado y sentimos dentro de nosotros que Dios nos ama, nos ama de verdad, y ¡nos ama mucho!

Alabamos y bendecimos tu nombre, Señor, y te damos gracias por el don de la vida. Guíanos e ilumínanos para que hoy podamos realizar tu mandato de amor y de servicio en nuestros hermanos. Ayúdanos a mantenernos en unidad, que es tu mayor anhelo, aunque a veces el mayor obstáculo somos nosotros mismos porque queremos que los demás sigan nuestro camino, imponemos a los demás nuestros criterios y puntos de vista, etc. Tú eres el único que nos puedes porque eres nuestro modelo, nuestro Señor y nuestro guía. Tú nos unes en una misma fe, en un mismo amor y en un mismo sentir. Y nos has dicho que esta es una tarea para toda la vida. 

¿Igual que la primera comunidad de Jerusalén, no podemos ser, en Ti una sola mente y un solo corazón? Danos, Señor, la fortaleza y la certeza que caminas a nuestro lado y danos humildad y sencillez para acercarnos a nuestros hermanos y cumplir tu voluntad: «que todos sean uno, como tú y yo Padre». Que tengamos un sólo corazón, un sólo espíritu y un mismo sentir, por medio del amor «que no es envidioso, no hace alardes de sí mismo, no es egoísta y no procede con bajeza, y al contrario el amor Cree sin reservas, espera sin reservas y soporta sin reservas» (1Co 13, 1-13). 

Feliz y unido martes para todos. Colmados de bendiciones y de la presencia del Señor. 

Palabra del Papa

El Evangelio de hoy nos propone las palabras dirigidas por Jesús a Nicodemo: «Dios, amó tanto al mundo, que dio a su Hijo unigénito». Escuchando esta Palabra, dirigimos la mirada de nuestro corazón a Jesús Crucificado y sentimos dentro de nosotros que Dios nos ama, nos ama de verdad, y ¡nos ama mucho! Esta es la expresión más sencilla que resumen todo el Evangelio, toda la fe, toda la teología: Dios nos ama con amor gratuito y sin límites. Así nos ama Dios. […] María, Madre de misericordia, nos ponga en el corazón la certeza de que somos amados por Dios. Esté cerca de nosotros en los momentos de dificultad y nos done los sentimientos de su Hijo. (S.S. Francisco, Ángelus del 15 de marzo de 2015).

Oración 

Amado Señor, que mis obras agraden a tus ojos, que cuando me pierda en la desolación recuerde que tú eres mi única salvación, que bajo el amparo de María me fortalezca y no desfallezca para continuar a tu encuentro, que tu palabra me saque de las tinieblas del temor, de lo oculto, de lo que se esconde y toque lo más profundo para que siempre elija lo verdadero, sea claro, abierto, transparente y sin miedo me muestre al mundo porque Tú me vas transformado.

Meditación https://www.iglesiaenaragon.com/lectio-divina-15-de-abril-de-2026

«Tanto amó Dios al mundo». Me quiero detener en ese “tanto”. Lo podríamos traducir diciendo. Hasta tal extremo, hasta tal inmensidad, hasta tal locura nos amó Dios Padre que nos entregó lo mejor que tenía: su propio Hijo.  No olvidemos una cosa: el que escribe el Evangelio es el “discípulo amado”. No es un escritor que quiere darnos una crónica de la vida de Jesús. Es el discípulo que ha descansado su cabeza sobre el pecho de Jesús. No es un maestro sino un testigo que ha vivido con Jesús algo tan grande, tan maravilloso, que ha quedado seducido por esa persona y ya no puede vivir sin pensar en Él, sin soñar con Él, sin trabajar por su causa.  Cuando escribe su evangelio ya ancianito, todavía sus ojos se le llenan de lágrimas y su corazón de ternura. Y si alguien le pregunta qué debemos hacer los cristianos, contesta: «Amaos unos a otros como Jesús nos ha amado». El evangelio de Juan sólo puede leerse de rodillas, en silencio y con ojos de enamorado. Enamorados de Dios y enamorados de nuestros hermanos.

“El amor basta por sí solo, satisface por sí solo, y por causa de sí. Su mérito y su premio se identifican consigo mismos. El amor no requiere otro motivo fuera de sí mismo, ni tampoco ningún provecho; su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque amo, amo para amar. Gran cosa es el amor con tal de que recurra a su principio y origen, con tal de que se vuelva siempre a su fuente y sea una continua emanación de la misma” (San Bernardo, Sermón 83).

Autor:
José Hernando Gómez Ojeda, pbro.