Muy bendecido y agradecido día el que podemos disfrutar hoy en la presencia del Señor.
Queremos darte gracias por la vida, nuestras familias y nuestras actividades, aunque parezca, Señor, que caemos muchas veces en incertidumbres y pesimismos, como les pasó a los discípulos. Parece que te han perdido porque te marchaste al monte solo y pareciera que ellos mismos anduvieran perdidos: de noche, en medio del lago, con el viento en contra. Sin embargo, Señor, también estás ahí, misteriosamente presente, ¡caminas sobre las aguas! de manera para ellos incomprensible, asustándolos.
Cuántas situaciones hay en la vida, que no comprendemos, que nos desconciertan y nos asustan, pero debemos saber que también en ellas estás presente acercándote a nosotros, aunque nos cueste reconocerte, llamándonos, exhortándonos a no temer, a confiar, esto es a creer en ti.
Cuando te acogemos, dejando a un lado el temor y confiando en tu Palabra, en las situaciones más oscuras, difíciles, peligrosas o simplemente nuevas y desconocidas, suele suceder que tocamos tierra inesperadamente, encontramos soluciones allí donde creíamos estar en un callejón sin salida.
Muchas veces, vivimos situaciones nuevas e inesperadas con oscuridades, incertezas, vientos contrarios. A veces sentimos la tentación del miedo, el desaliento, el derrotismo. Pero tú sigues diciéndonos que no temamos, que afrontemos las situaciones con la certeza de que Tú estás cerca y nos guías con seguridad en nuestro caminar. Cuando seamos sacudidos por las agitadas olas de la vida, calma nuestros temores y dinos: “No tengas miedo, estoy aquí con contigo”.
Danos la gracia de ser conscientes de tu presencia en todos los momentos de nuestras vidas: en la alegría y la tristeza, en la salud y la enfermedad, en la pobreza o la riqueza. Llénanos de fe y esperanza y que siempre estemos confiando en ti. Amén.
Con mucha fe y esperanza, un muy feliz fin de semana, ojalá compartido en familia.
Palabra del Papa
Pregunta del presentador: ¿Qué mensaje le quiere decir Francisco a estos cinco chicos que lo escucharon y a todos los miles de niños de todo el mundo que están siguiendo ahora esta comunicación? ¿Qué mensaje les quieres dar a todos? R. Una cosa que no es mía –Jesús la decía muchas veces–: «No tengan miedo». Nosotros en mi país tenemos una expresión que no sé cómo la traducirán en inglés: “No se arruguen”. No tengan miedo, vayan adelante, tiendan puentes de paz, jueguen en equipo y hagan el futuro mejor porque acuérdense que el futuro está en las manos de ustedes. Sueñen el futuro volando, pero no olviden la herencia cultural, sapiencial y religiosa que les dejaron sus mayores. Adelante y con valentía. Hagan el futuro. (S.S. Francisco, palabras con motivo del lanzamiento de la Plataforma de Scholas, 5 de septiembre de 2014)
ORACIÓN
Señor, yo que vengo a orar por la mañana, me doy cuenta de que muchas veces estoy, como los discípulos, en el “atardecer”. Se va la luz, llega la noche con su oscuridad y me da miedo. Sí, Señor, te lo confieso: tengo miedo a la vida y, sobre todo, tengo miedo a la muerte. Pero tu palabra me ensancha el corazón cuando hoy me diriges a mí las mismas palabras que a los apóstoles: «Soy Yo, no tengáis miedo». Si Tú eres la Verdad, no tengo miedo a la mentira; si Tú eres la luz, no tengo miedo a la oscuridad; si Tú eres la Vida, no tengo miedo a la muerte. Gracias, Jesús, “el quitamiedos”.
Reflexión https://www.iglesiaenaragon.com/lectio-divina-18-de-abril-de-2026
Este texto parece indicarnos la situación de los apóstoles (también la nuestra) cuando Jesús no está. Usa tres frases:
«Bajan a la orilla del mar». En aquel tiempo el mar era considerado como símbolo del mal. Allá está Leviatán, ese monstruo marino que es una constante amenaza contra la vida de las personas. Es una fuerza malévola. Sin Jesús la vida resulta “un mar de amargura”.
«Había ya oscurecido”. Sin Jesús, que es la Luz, la tierra se llena de oscuridad y de tinieblas. Es la total desorientación. Sin Jesús el hombre está totalmente perdido.
«Soplaba un fuerte viento». Una barca, azotada con un fuerte viento, amenaza con la destrucción y la ruina. Y ¿Qué pasa cuando aparece Jesús? Viene la calma. Con Jesús las fuerzas del mal tienen que ceder. Con Jesús viene la luz, y con la luz, la orientación, el sentido de la vida, la alegría. Jesús se pone en medio de nosotros y nos dice: «Soy yo. No tengáis miedo». Con Jesús desaparecen los miedos, las angustias, las zozobras. Con Jesús recuperamos el derecho a ser felices. Por experiencia sabemos que, cuando soportamos pruebas difíciles por alguien a quien queremos, no se derrumba el amor, sino que crece. «Aguas torrenciales (abundancia de tribulaciones) no pudieron apagar el amor» (Cant. 8,7).
