Hoy te damos gracias por el don de la vida y, ante todo, por el don del Espíritu Santo.
El Espíritu de Dios invade de repente nuestro mundo. En el libro de los Hechos se cuenta que el Espíritu se hizo presente como viento y como fuego. Viento y fuego son fenómenos naturales que, desatados a su propia dinámica, pueden llegar a ser amenazadores. Pero en este día simbolizan una destrucción y un renacimiento. Hoy te damos gracias, Señor, porque se produce un auténtico “bautismo de fuego”, una real transformación. Algo muere en nosotros y algo nace. Lo nuevo es diferente. Es consecuencia de la acción del Espíritu.
El paso del Espíritu por nuestras vidas ha de traer consecuencias inmediatas para nosotros igual que las tuvo para tus discípulos. Si hasta entonces habían estado encerrados, ahora abren las puertas y las ventanas. Aquel encerramiento denotaba una falta de comunicación. Ahora la comunicación se produce con una abundancia y claridad porque ahora se habla el lenguaje del amor.
Hoy celebramos que el Espíritu sigue llegando a nuestros corazones y que nos hace una sola familia con una misión: seguir anunciando tu buena nueva. Sentimos en nosotros la llama y el viento del Espíritu que nos libera, nos envía y debemos dejarnos iluminar para comunicar que el Padre nos ama como verdaderos hijos. El Espíritu Santo completa tu obra en nosotros, y, a través de nosotros, a nuestros hermanos. Al igual que los apóstoles, también nosotros hemos recibido el mandato de romper y abandonar nuestros muros cercados y llevar sanación y paz. Gracias, Señor, por darnos tu Espíritu Santo. Fortalécenos, ilumínanos y santifícanos. Danos la gracia de tu amor y tu bondad. Espíritu Santo, ven a nuestros corazones. Que con María Nuestra Madre recibamos nuestra santificación y veamos a nuestros hermanos con los ojos de Dios. Amén.
Feliz y santificador Domingo.
Las palabras de los Papas
Hoy, solemnidad de Pentecostés, el Evangelio nos lleva al Cenáculo, donde los apóstoles se habían refugiado tras la muerte de Jesús (Jn 20,19-23). El Resucitado, en la tarde de Pascua, se presenta precisamente en aquella situación de miedo y angustia y, soplando sobre ellos, les dice: “Reciban el Espíritu Santo” (v. 22). Así, con el don del Espíritu, Jesús quiere liberar a los discípulos del miedo, de ese miedo que los mantiene encerrados en sus casas, y los libera para que puedan salir y convertirse en testigos y anunciadores del Evangelio. Detengámonos un poco sobre esto que hace el Espíritu: libera del miedo. Los discípulos habían cerrado las puertas, dice el Evangelio, “por miedo” (v. 19). La muerte de Jesús les había desanimado, sus sueños se habían hecho añicos, sus esperanzas se habían desvanecido. Y se habían encerrado. No solo en aquella pequeña habitación, sino en su interior, en su corazón. Quisiera subrayar esto: encerrados. ¿Cuántas veces nos encerramos en nosotros mismos? ¿Cuántas veces, por alguna situación difícil, por algún problema personal o familiar, por el sufrimiento que padecemos o por el mal que respiramos a nuestro alrededor, corremos el riesgo de caer poco a poco en la pérdida de la esperanza y nos falta el valor para seguir adelante? (…) El Evangelio, sin embargo, nos ofrece el remedio del Resucitado: el Espíritu Santo. Él libera de las prisiones del miedo. (….) Porque esto es lo que hace el Espíritu: nos hace sentir la cercanía de Dios y así su amor echa fuera el temor, ilumina el camino, consuela, sostiene en la adversidad. Ante los temores y las cerrazones invoquemos al Espíritu Santo para nosotros, para la Iglesia y para el mundo entero: para que un nuevo Pentecostés ahuyente los miedos que nos asaltan y reavive el fuego del amor de Dios. (Francisco - Regina Caeli, 28 de mayo de 2023)
