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24-may.-2026, domingo de Pentecostés

¡Por Pentecostés se renueva la Iglesia y el mundo! Que el viento vigoroso del Espíritu venga sobre nosotros y dentro de nosotros, abra las fronteras del corazón

Hoy te damos gracias por el don de la vida y, ante todo, por el don del Espíritu Santo. 

El Espíritu de Dios invade de repente nuestro mundo. En el libro de los Hechos se cuenta que el Espíritu se hizo presente como viento y como fuego. Viento y fuego son fenómenos naturales que, desatados a su propia dinámica, pueden llegar a ser amenazadores. Pero en este día simbolizan una destrucción y un renacimiento. Hoy te damos gracias, Señor, porque se produce un auténtico “bautismo de fuego”, una real transformación. Algo muere en nosotros y algo nace. Lo nuevo es diferente. Es consecuencia de la acción del Espíritu. 

El paso del Espíritu por nuestras vidas ha de traer consecuencias inmediatas para nosotros igual que las tuvo para tus discípulos. Si hasta entonces habían estado encerrados, ahora abren las puertas y las ventanas. Aquel encerramiento denotaba una falta de comunicación. Ahora la comunicación se produce con una abundancia y claridad porque ahora se habla el lenguaje del amor. 

Hoy celebramos que el Espíritu sigue llegando a nuestros corazones y que nos hace una sola familia con una misión: seguir anunciando tu buena nueva. Sentimos en nosotros la llama y el viento del Espíritu que nos libera, nos envía y debemos dejarnos iluminar para comunicar que el Padre nos ama como verdaderos hijos. El Espíritu Santo completa tu obra en nosotros, y, a través de nosotros, a nuestros hermanos. Al igual que los apóstoles, también nosotros hemos recibido el mandato de romper y abandonar nuestros muros cercados y llevar sanación y paz. Gracias, Señor, por darnos tu Espíritu Santo. Fortalécenos, ilumínanos y santifícanos. Danos la gracia de tu amor y tu bondad. Espíritu Santo, ven a nuestros corazones. Que con María Nuestra Madre recibamos nuestra santificación y veamos a nuestros hermanos con los ojos de Dios. Amén. 

Feliz y santificador Domingo. 

Las palabras de los Papas

Hoy, solemnidad de Pentecostés, el Evangelio nos lleva al Cenáculo, donde los apóstoles se habían refugiado tras la muerte de Jesús (Jn 20,19-23). El Resucitado, en la tarde de Pascua, se presenta precisamente en aquella situación de miedo y angustia y, soplando sobre ellos, les dice: “Reciban el Espíritu Santo” (v. 22). Así, con el don del Espíritu, Jesús quiere liberar a los discípulos del miedo, de ese miedo que los mantiene encerrados en sus casas, y los libera para que puedan salir y convertirse en testigos y anunciadores del Evangelio. Detengámonos un poco sobre esto que hace el Espíritu: libera del miedo. Los discípulos habían cerrado las puertas, dice el Evangelio, “por miedo” (v. 19). La muerte de Jesús les había desanimado, sus sueños se habían hecho añicos, sus esperanzas se habían desvanecido. Y se habían encerrado. No solo en aquella pequeña habitación, sino en su interior, en su corazón. Quisiera subrayar esto: encerrados. ¿Cuántas veces nos encerramos en nosotros mismos? ¿Cuántas veces, por alguna situación difícil, por algún problema personal o familiar, por el sufrimiento que padecemos o por el mal que respiramos a nuestro alrededor, corremos el riesgo de caer poco a poco en la pérdida de la esperanza y nos falta el valor para seguir adelante? (…) El Evangelio, sin embargo, nos ofrece el remedio del Resucitado: el Espíritu Santo. Él libera de las prisiones del miedo.  (….) Porque esto es lo que hace el Espíritu: nos hace sentir la cercanía de Dios y así su amor echa fuera el temor, ilumina el camino, consuela, sostiene en la adversidad. Ante los temores y las cerrazones invoquemos al Espíritu Santo para nosotros, para la Iglesia y para el mundo entero: para que un nuevo Pentecostés ahuyente los miedos que nos asaltan y reavive el fuego del amor de Dios. (Francisco - Regina Caeli, 28 de mayo de 2023)

Ante los temores y las cerrazones invoquemos al Espíritu Santo para nosotros, para la Iglesia y para el mundo
ORACIÓN 

Espíritu Santo, viento impetuoso de Dios,

sopla sobre nosotros.

Sopla en nuestros corazones

y haznos respirar la ternura del Padre.

Sopla sobre la Iglesia

y empújala hasta los confines lejanos

para que, llevada por ti, no lleve nada más que a ti.

Sopla sobre el mundo el calor suave de la paz y la brisa que restaura la esperanza.

Ven, Espíritu Santo, cámbianos por dentro y renueva la faz de la tierra. Amén.

REFLEXIÓN https://www.iglesiaenaragon.com/pentecostes-24-de-mayo-de-2026

Pentecostés fue originariamente una fiesta agraria. Posteriormente se convirtió en fiesta histórica donde se recordaba la promulgación de la ley en el Sinaí y anualmente se celebraba con gran concurrencia del pueblo. La efusión del Espíritu Santo se realiza de un modo extraordinario. El ruido, el viento impetuoso, las lenguas de fuego, el hablar en distintos idiomas, son los signos externos de la realidad maravillosa que realiza por dentro. Y habrá que interpretarlos a la luz del A. T. Pentecostés indica la plenitud de los tiempos y el cumplimiento de las promesas.

1.- El soplo de Jesús sobre los apóstoles es un “soplo creador”. Con la venida de Espíritu se crea un mundo nuevo, una nueva humanidad. Después de que Cristo resucitó y envió a su Espíritu, hay una nueva manera de ser hombre, de ser mujer. En Cristo resucitado hemos aprendido que el hombre ha sido creado “creador”. Ya es posible reír y soñar.  Ya podemos hacer proyectos fantásticos, sabiendo que todos ellos no pueden ser sino un pálido reflejo de la realidad. En Cristo, el hombre puede ser aquello que estaba llamado a ser.

2.- El viento impetuoso que en el A.T. acompañaba a la tormenta y era causa de miedo, ahora es el huracán del Espíritu que pasa derribando la vieja casa de pecado heredada de nuestros primeros padres para construir la nueva casa del amor. Ese viento impetuoso ahora se convierte en “suave brisa” que refresca y acaricia. Un Dios amor, un Dios ternura, un Dios que es comunión, beso, abrazo, caricia.

3.- Las llamas de fuego sobre los apóstoles significan que aquella teofanía de Dios a Moisés en una zarza que “ardía y no se consumía” eran signo de un Dios que arde en llamaradas de amor. En Pentecostés esas lenguas se posan sobre los apóstoles llamados a incendiar el mundo con ese fuego divino. Pues, como decía San Agustín: “El que no arde, no puede incendiar”.

4.- El entender todos, aunque hablaban en distintos idiomas. Esto significa que ocurre lo contrario de Babel. Allí existía el espíritu de soberbia, al querer levantar los hombres una torre tan alta que llegara hasta el cielo.  Dios los confunde. El hombre que se deja guiar por su espíritu egoísta llega a esta conclusión: Aquí no hay quien se entienda. Y eso es muy real en nuestros días: Ni se entienden los padres con los hijos; ni los profesores con los alumnos; ni los propios esposos entre sí.  No digamos nada de los políticos. La misma Iglesia tiene mucha necesidad de “unidad”.  Ahora más que nunca, necesitamos la presencia del Espíritu para que todos hablemos el mismo lenguaje: el lenguaje del amor. Entonces y sólo entonces nos entenderemos todos.

Autor:
José Hernando Gómez Ojeda, pbro.