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31-oct.-sábado de la 30.ª semana del T. O.

el «último lugar» puede representar la condición de la humanidad degradada por el pecado, condición de la que sólo la encarnación del Hijo unigénito puede elevarla

En nuestro último amanecer de octubre, hoy sábado nos levantamos para darte gracias por todo lo que de ti hemos recibido: satisfacciones y alegrías; momentos difíciles, pero superables porque has caminado a nuestro lado durante estos días mostrándonos el cumplimiento de la voluntad del Padre celestial y tu santa voluntad. 

Hemos amado y hemos servido. Ahora podemos hacer nuestro balance y saber qué tanto bien hemos hecho durante el mes y qué tantas actitudes negativas tuvimos hacia los demás. Gracias, señor, porque ahora sentimos los anhelos y esperanzas de un mes que nacerá mañana para cada uno de nosotros. Ahora, danos la ocasión de llenar vuestros corazones de ilusiones y deseos de hacer las cosas para bien de los demás, según tu santa voluntad. 

Meditamos en tu palabra y lo hacemos tomando las palabras de san Pablo: «mi vivir es Cristo y la muerte será una ganancia». Ayúdanos, señor, a experimentar que la mejor manera de sencillez y de humildad es no escoger los primeros puestos, sino los últimos a ejemplo tuyo. Como todos nosotros, experimentaste la tentación de escoger el primer puesto. Así lo cuentan los relatos de tus tentaciones. Pero venciste la tentación: huiste cuando la multitud quiso proclamarte rey. Más aún, te vaciaste de ti mismo, tomando la condición de esclavo, dice san Pablo. Lo hiciste por amor, para estar más cerca de todos y cada uno de nosotros. Y por eso fuiste exaltado. En Primer lugar, exaltado por el Padre, que te sentó a su derecha por encima de todo poder y de toda criatura. Pero también ante toda la humanidad. ¿Qué personaje histórico tiene tantos seguidores como tú, veinte siglos después de tu muerte? 

Ayúdanos, señor, a tener la humildad necesaria para no buscar los primeros puestos, sino el sencillo, puesto que tú nos quieres regalar. Gracias, señor, porque en la medida en que nos humillamos seremos enaltecidos en amor y servicio, gratitud y solidaridad.

A ti te alabamos, te bendecimos y te glorificamos. Un muy feliz sencillo y humilde fin de semana buscando el último puesto que es el del servicio y la comprensión. Amén. 

Las palabras de los Papas

El Señor no pretende dar una lección de buenos modales, ni sobre la jerarquía entre las distintas autoridades. Insiste, más bien, en un punto decisivo, que es el de la humildad: «El que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado» (Lc 14, 11). Esta parábola, en un significado más profundo, hace pensar también en la postura del hombre en relación con Dios. De hecho, el «último lugar» puede representar la condición de la humanidad degradada por el pecado, condición de la que sólo la encarnación del Hijo unigénito puede elevarla. Por eso Cristo mismo «tomó el último puesto en el mundo —la cruz— y precisamente con esta humildad radical nos redimió y nos ayuda constantemente» (Deus caritas est, 35). Al final de la parábola, Jesús sugiere al jefe de los fariseos que no invite a su mesa a sus amigos, parientes o vecinos ricos, sino a las personas más pobres y marginadas, que no tienen modo de devolverle el favor (cf. Lc 14, 13-14), para que el don sea gratuito. De hecho, la verdadera recompensa la dará al final Dios, «quien gobierna el mundo... Nosotros le ofrecemos nuestro servicio sólo en lo que podamos y mientras él nos dé fuerzas» (Deus caritas est, 35). Por tanto, una vez más vemos a Cristo como modelo de humildad y de gratuidad: de él aprendemos la paciencia en las tentaciones, la mansedumbre en las ofensas, la obediencia a Dios en el dolor, a la espera de que Aquel que nos ha invitado nos diga: «Amigo, sube más arriba» (cf. Lc 14, 10); en efecto, el verdadero bien es estar cerca de él. (Benedicto XVI - Ángelus, 29 de agosto de 2010)

tomó el último puesto en el mundo —la cruz— y con esta humildad radical nos redimió y nos ayuda constantemente
ORACIÓN 

Señor, hoy quiero profundizar en la virtud de la gratuidad. Quiero dejar de ser un eterno pedigüeño y dedicarme a darte gracias por tantas gracias que inmerecidamente he recibido y sigo recibiendo de Ti. Hazme también la gracia de ver a mis hermanos y hermanas como “un regalo” que tú me das y no como un obstáculo. Que me sienta siempre como un “don” tuyo y pueda hacer de mi vida “un don para los demás”. Amén 

Reflexión 

Jesús, a lo largo del evangelio, ha hablado de “bienaventuranzas”. Pero la del evangelio de hoy es sumamente significativa: “Dichoso tú, cuando no pueden pagarte”. Nos habla de invitar a los que no pueden invitarnos ni recompensarnos. En este evangelio se nos invita a recorrer un camino poco conocido y menos frecuentado: el camino de la gratuidad. En este mundo a todo le ponernos precio. Entramos en un comercio y, si algo nos gusta, decimos: Y esto ¿cuánto vale?  Incluso las cosas que no tienen precio, no las sabemos apreciar. No apreciamos la luz del sol, la lluvia, la brisa que nos acaricia. Como Dios nos las da gratis, no las valoramos. La amistad, el cariño, la fraternidad, nos las da Dios gratis.  Más aún, Él se nos dio en la persona de su Hijo. Y está dispuesto a darse siempre que nosotros queramos. ¿Cuánto hemos pagado por creer? Ahora bien, si Dios se nos da gratis, ¿Por qué no hacemos de la gratuidad la virtud por excelencia? ¿Por qué no somos felices haciendo felices a los demás? El amor interesado deja de ser verdadero amor.  Aquel que ama porque le aman, sirve porque le sirven, da porque le recompensan, no ha disfrutado del auténtico amor. Hemos de aprender a ser dichosos sirviendo a las personas que no nos pueden pagar.  ¿Dónde está la paga? Precisamente en poder tener ese amor tan exquisito. Una persona que es feliz dando sin pensar en recibir, es una riqueza allá donde se encuentre.  Estas son las personas que hacen grande y enriquecen nuestro mundo.

«…Para que, cuando venga el que te invitó, te diga: ‘Amigo, acércate a la cabecera’.» En esta frase se encuentra condensado todo el sentido del Evangelio de hoy. Cristo quiere decirnos que el honor más grande en la vida cristiana no consiste en un puesto. Es Jesús el mayor honor que podemos tener en la vida. (Javier Castellanos).

Autor:
José Hernando Gómez Ojeda Pbro.