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9-may.-2026, sábado de la 5.ª semana de Pascua

La mundanidad es una cultura [...] Tiene valores superficiales. Una cultura que no conoce la fidelidad, porque cambia según las circunstancias, lo negocia todo.

Te damos gracias al terminar esta semana en la que hemos podido sembrar; y ahora te damos gracias por la abundante cosecha que recogimos: cosecha de satisfacciones, de buenos servicios, de entrega y disponibilidad; y los frutos, la alegría y esperanza que pudimos compartir con nuestros hermanos. 

No todo es alegría, satisfacciones y comodidades, ya que tu mensaje no siempre es un mensaje cómodo cuando hablas de la cruz. Pero debemos proclamarlo, aun cuando tengamos que afrontar situaciones adversas. Tú mismo las tuviste, Pedro y Pablo también, pero las pudiste superar y ellos tuvieron paciencia para superarlas. Regálanos el don de la paciencia y de la esperanza para poder superar nuestras propias adversidades y comunicar la alegría de tu palabra, tus sentimientos y —ante todo tu presencia. 

Tú nos invitas a confiar en ti, en tus promesas de permanecer en el amor. Danos la ocasión de poder realizar las obras según la voluntad del Padre celestial y concédenos que tengamos un buen fin de semana, en el que recuperemos fuerzas junto a los que amamos. Amén.

Un muy feliz y santo fin de semana.

PALABRA DEL PAPA

Jesús muchas veces, y especialmente en su despedida con los apóstoles, habla del mundo (cf. Jn 15,18-21). Y aquí dice: «Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros» (v. 18). Claramente habla del odio que el mundo ha tenido contra Jesús y tendrá contra nosotros. Y en la oración que hace en la mesa con los discípulos durante la Cena, le pide al Padre que no los retire del mundo, sino que los defienda del espíritu del mundo (cf. Jn 17,15). Creo que podemos preguntarnos: ¿cuál es el espíritu del mundo? ¿Qué es esta mundanidad, capaz de odiar, de destruir a Jesús y sus discípulos, es más, de corromperlos y corromper a la Iglesia? (…) La mundanidad es una cultura; es una cultura de lo efímero, una cultura de la apariencia, del maquillaje, una cultura de “hoy sí, mañana no, mañana sí y hoy no”. Tiene valores superficiales. Una cultura que no conoce la fidelidad, porque cambia según las circunstancias, lo negocia todo. Esta es la cultura mundana, la cultura de la mundanidad. (Francisco, Homilía en Santa Marta, 16 de mayo de 2020)

 
Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros
ORACIÓN 

Jesús, tu Evangelio me recuerda que para seguirte tengo que recorrer el camino de la cruz, que no es otra cosa que el desprenderme de todo obstáculo que me impida amarte más y mejor. Ayúdame a seguirte el día de hoy, ofreciéndote mi cumplimiento esmerado y fiel a mi deber, el control de mis reacciones y la renuncia a todo lo que me impida donarme a los demás.

Reflexión https://www.iglesiaenaragon.com/lectio-divina-9-de-mayo-de-2026

Hay que tener en cuenta que San Juan, al tratar del mundo en un sentido peyorativo no se refiere al mundo material creado por Dios, el mundo de las luces y colores, el mundo de las realidades humanas, el mundo de nuestro cuerpo. Todo ha sido asumido por Él al hacerse “carne”. Todo ese mundo es maravilloso. Pero hay otro mundo, “el mundo ése” el que rechazó a Jesús, el que llevó a Jesús a la muerte. Ese mundo que ha odiado a Jesús nos puede seguir odiando también a nosotros hoy. El verdadero discípulo de Jesús acepta ese rechazo porque así se parece más a Jesús. 

No olvidemos que hemos sido objeto de una elección divina, como dice el evangelio de hoy. Y toda elección comporta no sólo un amor de predilección sino de singularidad. Cada uno de nosotros puede decir: “Me ama a mí”. “Conoce mi nombre”. Para saber qué significa ser llamado por nuestro propio nombre, habría que acudir a la experiencia de María Magdalena cuando Jesús Resucitado le dice: «¡María!» Ese nombre pronunciado por Jesús con cariño y admiración le bastó para creer en la Resurrección y convertirse en primera discípula. Lo mismo que hizo Jesús con Pedro en Tiberíades: «¿Simón, me amas?» Nuestra vida debe convertirse en respuesta de amor al amor que Dios nos tiene. Y debemos estar atentos para escuchar nuestro propio nombre pronunciado por Jesús, ahí en lo más recóndito de nuestro corazón.

Autor:
José Hernando Gómez Ojeda, pbro.