Por un nuevo amanecer lleno de compasión de fe de esperanza y de caridad en ti te damos gracias, Señor, por todo lo que nos concederás durante este día, por la gratitud de tu amor, pero ante todo, Señor, por tu perdón, por la grandeza de tu presencia en cada una de nuestras vidas. Gracias por tu palabra, que nos invita a confiar en tu misericordia y tu amor.
Nos fijamos en los personajes; en el modo de moverse en escena. La mujer pecadora, de improviso, irrumpe e interrumpe a los comensales. Entra decidida, sin mediar palabra, sin rubor, aunque conocida por su mala fama. Se dirige hacia Ti y te colma de atenciones: se coloca a tus pies, los baña con sus lágrimas, los enjuga con su cabellera, los besa y los llena de perfume. Es la mujer agradecida a tu bondad. En esta pecadora pública colocamos a todas las personas excluidas en la vida: leprosos, pecadores, recaudadores, etc.
Salta, en seguida, Simón, el fariseo. De entrada, ha tenido el gesto de invitarte, pero pronto aparece la vena moralista; queda horrorizado de que tal mujer se atreva a tocarte. ¡Cómo vas a ser profeta! Es incapaz de enternecerse y mirar las lágrimas agradecidas; al contrario, juzga tu conducta, le puede la ley, la norma de siempre. Tú aceptaste su invitación y ahora siente escrúpulo de que una pecadora te abrace. Tú ves el corazón,el amor y gratitud que atesora. Eres el profeta de la compasión, sencillamente la amas, la perdonas, admira sus gestos.
Siempre estás a punto para el perdón. Un perdón sin condiciones. Solo nos queda abrirnos a tu amor, y experimentar tu clemencia. Para ello, como la mujer pecadora, hemos de sentirnos necesitados de tu misericordia.
El fariseo soberbio de la parábola bajó del templo no justificado. Como Simón, nos creemos dueños de la verdad, en actitud moralista, juzgamos y condenamos a los otros, ¿cómo vamos a estar dispuestos al perdón? Tú dices:”Vete en paz”. Esta paz es fruto del encuentro contigo. Tu amor borra y purifica todo lo malo que pueda socavar la bondad en nosotros. Si así lo sentimos, miraremos a los demás con tus ojos incluso a los que desvían el camino. Y nos sorprenderemos de cuantas cosas buenas habitan en el corazón de la gente, como la gratitud de la mujer pecadora. Todos caben en tu Corazón; a nadie apartas o excluyes. Ayúdanos, Señor, a saber seguir tu palabra que nos mueve a la santidad, la misericordia y el perdón: “Sed santos como yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo” y proclamas: “Sed compasivos. Como vuestro Dios es compasivo”. Gracias, Señor. Te alabamos, te bendecimos y te glorificamos.
Un muy santificado y vocacional jueves.
Los abrazo y los bendigo.
