Nuestro amanecer de este día dedicado a ti, nos da un corazón palpitante y lleno de agradecimiento por un día más que nos regalas; una semana que va pasando en la vida de cada uno de nosotros, y esperando encontrar frutos abundantes. Tu palabra nos hace reflexionar y pensar qué clase de semillas sembramos y en qué tierra las vamos a colocar.
Mucha de la gente que te busca, es gente sencilla: campesinos, artesanos, amas de casa…; gente, en algunos casos, con una vida compleja; en otros, con una religiosidad y una piedad formal. Algunos con una imagen de Dios muy severa y más cercana a un juez o a un verdugo que a un Padre rico en paciencia y misericordia. Pero ¿por qué les hablabas en parábolas? Seguramente porque confiabas en la capacidad de acogida, apropiación y fructificación de la Palabra que tiene todo hombre y toda mujer de buena voluntad. Tú ves el proceso interior que cada persona puede hacer si deja crecer tu Palabra en su corazón; proceso que, cuando llega a su madurez, lleva a tener una convicción capaz de sostener una espiritualidad, una religiosidad y una moral en una vida cotidiana. Y para ello partes de una realidad fundamental: todos somos «tierra buena» por esencia. Todo lo que siembras en nuestro corazón siempre produce fruto.
En la parábola del sembrador presentas cuatro espacios significativos de siembra en los cuales cae la semilla de tu Palabra: el borde del camino, el terreno pedregoso, los abrojos y la tierra buena. Independientemente de estos espacios hay una realidad que no se puede olvidar : la semilla de la Palabra siempre cae en el corazón. De ahí que la aceptación, la apropiación y la fructificación de la Palabra no es algo improvisado. El Sembrador siempre tiene una esperanza en la siembra, ya que confía en el potencial de vida que tiene la tierra. Pero si la tierra no está suficientemente cuidada o abonada, la semilla no puede hacer un milagro. Sólo cuando se toma en serio la vida, se toman los recaudos necesarios para cuidar el espacio donde ella pueda germinar y dar fruto pleno y es lo que nos dices: «Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra,
de fecundarla y hacerla germinar,
para que dé semilla al sembrador
y pan al que come,
así será mi palabra que sale de mi boca:
no volverá a mí vacía,
sino que cumplirá mi deseo
y llevará a cabo mi encargo».
Hoy es momento para pensar y reflexionar: . ¿Cuál es el espacio que más me representa hoy? Recordando que Dios nos ha creado como «tierra buena»: ¿Cuáles son los signos del cuidado de Dios en mi vida? Gracias, Señor, por tu palabra que es vida y esperanza. Nuestro compromiso es el de abrirnos a la escucha y aceptación de tus enseñanzas, acogiendo la semilla como una tierra buena dispuesta a fructificar y a entregar el ciento por uno de lo que haces en nuestro corazón. Te alabamos te bendecimos y te damos. Gracias. Amén.
Un muy feliz domingo de descanso. Dedicado a tu amor y a tus enseñanzas.
Palabra del Papa
El Evangelio nos presenta a Jesús predicando a orillas del lago de Galilea, y dado que lo rodeaba una gran multitud, subió a una barca, se alejó un poco de la orilla y predicaba desde allí. Cuando habla al pueblo, Jesús usa muchas parábolas: un lenguaje comprensible a todos, con imágenes tomadas de la naturaleza y de las situaciones de la vida cotidiana. La primera que relata es una introducción a todas las parábolas: es la parábola del sembrador, que sin guardarse nada arroja su semilla en todo tipo de terreno. Y la verdadera protagonista de esta parábola es precisamente la semilla, que produce mayor o menor fruto según el terreno donde cae. Los primeros tres terrenos son improductivos: a lo largo del camino los pájaros se comen la semilla; en el terreno pedregoso los brotes se secan rápidamente porque no tienen raíz; en medio de las zarzas las espinas ahogan la semilla. El cuarto terreno es el terreno bueno, y sólo allí la semilla prende y da fruto. (Francisco, Ángelus 13 de julio de 2014).
