Tu amor, tu misericordia y tu bondad nos despiertan hoy a un nuevo amanecer y ya es motivo para darte gracias por el don de la vida. Hemos podido dejar la cama y mirar en el horizonte una bella mañana en que escuchamos el canto alegre de los pájaros que nos invitan también a darle gracias a dios. Gracias, Señor, por todo lo que nos darás durante este día, pero, sobre todo, porque estamos seguros de que vamos a contar con tu compañía.
Ahora, al meditar tu palabra, encontramos varios caminos que nos va señalando en el cumplimiento de tu voluntad. El libro de los reyes nos sitúa en un momento doloroso de la historia de Israel: la ruptura del reino. El gesto simbólico del profeta Ajías —rasgar el manto nuevo en doce jirones— no es solo una escena llamativa, sino una imagen fuerte de lo que sucede cuando el corazón del pueblo se aleja del Señor. La división nace de una fractura más honda; la ruptura de la alianza vivida con fidelidad. Hoy no necesariamente tenemos que recordar este adagio: “nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde”. Estos son los momentos en que nos olvidamos del Padre celestial y de ti, no sabemos valorar el don de la vida, de la familia, de nuestros amigos, la salud y el bienestar. Todos estos son valores que tú nos regalas y que a veces no alcanzamos a comprender que son méritos gratuitos.
En tu cotidianidad te has encontrado con este hombre que te han presentado. También hoy podemos estar rodeados de palabras y ruido y, sin embargo, ser sordos, o hablar mucho y no decir nada. A veces nos hemos cansado de escuchar, de esa escucha verdadera que implica el corazón y no solo el oído. Y sin escucha no hay comunicación auténtica, y sin comunicación no hay comunión. Tu Palabra nos recuerda que la fe se juega también en la calidad de nuestros vínculos. Cuánto quisiéramos nosotros que tu santa saliva y tus santos dedos tocaran nuestra lengua y meterse en nuestros oídos para que podamos escuchar tu palabra y sobre todo proclamarla. Hoy nos invitas a dejarnos tocar por Ti.
En este último día de la semana laboral te pedimos, Señor, que nos concedas la gracia de ser como este sordomudo, que proclamó tu misericordia y tu bondad. Ahora, renovado en el corazón vayamos a nuestras actividades con la alegría y la felicidad de poder hablar y oír las maravillas que haces en nosotros. Amén.
Bendecido y santificado viernes.
PALABRA DEL PAPA
Hermanos y hermanas, hay (…) una sordera interior, que hoy podemos pedir a Jesús que toque y sane. Y esta sordera interior es peor que la física, porque es la sordera del corazón. Atrapados por las prisas, por mil cosas que decir y hacer, no encontramos tiempo para detenernos a escuchar a quien nos habla. Corremos el riesgo de volvernos impermeables a todo y de no dar cabida a quienes necesitan ser escuchados: pienso en los hijos, en los jóvenes, en los ancianos, en muchos que no necesitan tanto palabras y sermones, sino ser escuchados. Preguntémonos: ¿cómo va mi escucha? ¿Me dejo tocar por la vida de las personas, sé dedicar tiempo a los que están cerca de mí para escuchar? Esto es para todos nosotros, pero de manera especial para los curas, para los sacerdotes. El sacerdote debe escuchar a la gente, no tener prisa, escuchar..., y ver cómo puede ayudar, pero después de escuchar. (…) La reanudación de un diálogo, a menudo, no se da mediante las palabras, sino mediante el silencio, por el hecho de no obstinarse y volver a empezar pacientemente a escuchar a la otra persona, escuchar sus agobios, lo que lleva dentro. La curación del corazón comienza con la escucha. Escuchar. Y esto restablece el corazón. (Francisco - Ángelus, 5 de septiembre de 2021)
ORACIÓN
Señor. que esta tu palabra «Effetá» llegue a todo mi ser, mi alma, mi espíritu, mi corazón, mi humanidad y me abra hacia el buen camino en todos los sentidos, que sienta que me liberas de todas estas sorderas y mis silencios para que así pueda caminar junto a ti, con paz llevando todo lo que tú me pides.
Reflexión (Juan Lara, miembro de Vivir en Cristo)
Jesús se toma el tiempo de tratar a cada persona de una forma totalmente única y personal. Cuando le presentan a este hombre que era sordo y que apenas podía hablar, lo primero que hace Jesús no es un milagro ruidoso frente a todos para ganar seguidores, sino que lo aparta de la multitud para estar a solas con él. Para nada se parece a lo que sucede hoy, donde todo tiene que ser publicado o validado con un ‘like’ por los demás ‘para que cuente’.
Para Dios no somos un número, ni un caso más en una lista. Jesús entiende que este hombre no solo necesitaba recuperar el oído, sino también ser visto y tratado con una dignidad que probablemente había perdido tras años de aislamiento. Nosotros también necesitamos que el Señor nos saque un momento del ruido diario, de las opiniones ajenas y del ajetreo para hablarnos al corazón en la intimidad, que es donde realmente ocurren las transformaciones que cambian nuestra vida.
El proceso de sanación que utiliza Jesús es sumamente físico y simbólico: le mete los dedos en los oídos y le toca la lengua. Su gracia no es algo abstracto o lejano que se queda en las nubes, sino algo que se mete de lleno en nuestra humanidad, en nuestra piel, en nuestras limitaciones.
Cuando dejamos que Jesús intervenga en nuestra debilidad, el resultado final siempre será para bien. Él no hace las cosas a medias, no solo abre los oídos, sino que también suelta nuestra lengua para que hablemos correctamente. No hay pecado, por más viejo o profundo que sea, que el Señor no pueda sanar, permitiéndonos escuchar su verdad con claridad y hablar un lenguaje de vida que bendiga a todos los que nos rodean.
