Con muchas ilusiones y deseos de conversión, nos levantamos en tu nombre e iniciamos este tiempo de Cuaresma que Tú nos regalas para disponernos a regresar a la Casa del Padre Misericordioso, arrepentidos por tantos momentos en que hemos faltado.
Hoy comienza la Cuaresma y te pedimos que sea tiempo para quitarnos las máscaras y volver nuestro rostro y nuestro corazón a Ti y a los hermanos. En este santo tiempo ayúdanos a reflexionar sobre el verdadero sentido de nuestra vida. ¿Quién soy yo y para qué estoy en este mundo?, ¿estoy viviendo para Dios y para nuestros hermanos?
Hoy nos invitas a recibir la ceniza con la invitación “Aléjate del pecado y sé fiel al evangelio”. Permítenos volver a Ti y al Padre bondadoso. Nos dices que el grano de trigo, si no cae en tierra y muere, queda infecundo, pero que cuando muere da fruto abundante. Ayúdanos a preparar nuestros corazones para que, al sembrar ilusiones y llegar al término de la Cuaresma, tengamos la seguridad de que nuestra cosecha sea abundante en obras. Permítenos comenzar a morir al hombre viejo, esclavo de pecado, para que iniciemos contigo el camino de la resurrección que nos tienes preparado. Que nuestro camino sea el arrepentimiento, la conversión y la disponibilidad con las tres actitudes que hoy nos señalas: limosna, es decir, preocuparnos y cuidar de nuestros hermanos; oración, escuchando tu palabra y dándole una respuesta de amor y compromiso; y ayuno, controlando nuestras pasiones y renunciando a nuestro egoísmo. Que hoy sea un día lleno de amor en tu presencia y nos ilumines y fortalezcas para emprender nuestro camino a la Casa del Padre. ¿Qué clase de semilla quiero sembrar?
Un muy feliz y esperanzador miércoles de ceniza y un fructífero inicio de Cuaresma. «No nos cansemos de hacer el bien, porque si no desfallecemos cosecharemos frutos abundantes». ¡No dejemos apagar la llama de la fe!
INICIAMOS LA HERMOSA TRAVESÍA CON FE Y ESPERANZA
Las palabras de los Papas
«Cuando ores —dice Jesús—, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará» (Mt 6,6). Primero, el Señor nos llama a entrar en este lugar oculto del corazón, excavándolo con paciencia: nos invita a una inmersión interior que requiere un camino de vaciamiento y abnegación. Una vez dentro, nos pide que cerremos la puerta a los malos pensamientos y que conservemos un corazón puro, humilde y manso, mediante la vigilancia y el combate espiritual. Solo así podremos abandonarnos con confianza a un diálogo íntimo con el Padre, que habita y ve en lo secreto, y en lo secreto nos colma de sus dones. Esta vocación a la adoración y a la oración interior, propia de todo creyente, (...) no es una huida del mundo, sino una regeneración del corazón, para que sea capaz de escuchar, una fuente de acción creativa y fructífera en la caridad que Dios nos inspira. Esta llamada a la interioridad y al silencio, a vivir en contacto con uno mismo, con los demás, con la creación y con Dios, es hoy más necesaria que nunca, en un mundo cada vez más alienado por la externalidad de los medios y la tecnología. De hecho, de la amistad íntima con el Señor renacen la alegría de vivir, el asombro de la fe y la alegría de la comunión eclesial. (León XIV - Audiencia con un grupo de eremitas italianos participantes en el Jubileo de la Vida Consagrada, 11 de octubre de 2025)
Meditación del papa Francisco
Queridos hermanos y hermanas: El Señor no se cansa nunca de tener misericordia de nosotros, y quiere ofrecernos una vez más su perdón —todos tenemos necesidad de Él—, invitándonos a volver a Él con un corazón nuevo, purificado del mal, purificado por las lágrimas, para compartir su alegría. ¿Cómo acoger esta invitación? Nos lo sugiere san Pablo: "En nombre de Cristo os pedimos: ¡que os reconciliéis con Dios". Este esfuerzo de conversión no es solamente una obra humana, es dejarse reconciliar. La reconciliación entre nosotros y Dios es posible gracias a la misericordia del Padre que, por amor a nosotros, no dudó en sacrificar a su Hijo unigénito. En efecto, Cristo, que era justo y sin pecado, fue hecho pecado por nosotros cuando cargó con nuestros pecados en la cruz, y así nos ha rescatado y justificando ante Dios. "En Él" podemos llegar a ser justos, en Él podemos cambiar, si acogemos la gracia de Dios y no dejamos pasar en vano este "tiempo favorable". Por favor, detengámonos, detengámonos un poco y dejémonos reconciliar con Dios.
Con esta certeza, comencemos con confianza y alegría el itinerario Cuaresmal. Que María, Madre inmaculada, sin pecado, sostenga nuestro combate espiritual contra el pecado y nos acompañe en este momento favorable, para que lleguemos a cantar juntos la exultación de la victoria el día de Pascua. Y en señal de nuestra voluntad de dejarnos reconciliar con Dios, además de las lágrimas que estarán “en lo secreto”, en público realizaremos el gesto de la imposición de la ceniza en la cabeza. El celebrante pronuncia estas palabras: "Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás", o repite la exhortación de Jesús: "Convertíos y creed el Evangelio". Ambas fórmulas constituyen una exhortación a la verdad de la existencia humana: somos criaturas limitadas, pecadores siempre necesitados de penitencia y conversión. ¡Cuán importante es escuchar y acoger esta exhortación en nuestro tiempo! La invitación a la conversión es, entonces, un impulso a volver, como hizo el hijo de la parábola, a los brazos de Dios, Padre tierno y misericordioso, a llorar en ese abrazo, a fiarse de Él y encomendarse a Él. (Homilía de S.S. Francisco, 18 de febrero de 2015).
ORACIÓN
Padre celestial, al comenzar este tiempo de gracia y conversión, reconocemos que a menudo buscamos la aprobación de los demás en nuestras buenas obras.
Te pedimos perdón por la vanidad en nuestra limosna, por la ostentación en nuestra oración y por la apariencia en nuestro ayuno. Perdónanos por querer ser vistos por los hombres en lugar de ser amados por Ti.
Te suplicamos que nos ayudes a vivir esta Cuaresma con un corazón sincero. Inspíranos a dar en secreto, a orar en intimidad y a ayunar con gozo interior, sabiendo que Tú, que ves lo oculto, nos recompensarás.
Que este camino de cuarenta días nos acerque verdaderamente a Ti y nos purifique por dentro. Que al final de la Cuaresma nuestra fe sea más fuerte y nuestro amor por Ti más auténtico. Amén.
HIMNO
Hoy que sé que mi vida es un desierto, en el que nunca nacerá una flor, vengo a pedirte, Cristo jardinero, por el desierto de mi corazón.
Para que nunca la amargura sea en mi vida más fuerte que el amor, pon, Señor, una fuente de alegría en el desierto de mi corazón.
Para que nunca ahoguen los fracasos mis ansias de seguir siempre tu voz, pon, Señor, una fuente de esperanza en el desierto de mi corazón.
Para que nunca busque recompensa al dar mi mano o al pedir perdón, pon, Señor, una fuente de amor puro en el desierto de mi corazón.
Para que no me busque a mí cuando te busco y no sea egoísta mi oración, pon, Señor, tu cuerpo y tu palabra en el desierto de mi corazón. Amén.
REFLEXIÓN (Paola Treviño, consagrada del Regnum Christi)
El papa san Pablo VI nos decía sobre el ayuno: ‘solo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana’. Sin embargo, para que el ayuno conserve su verdad evangélica y evite la tentación de enorgullecer el corazón debe de vivirse siempre con fe y humildad.
El Papa Benedicto XVI decía: ‘El ayuno exige permanecer arraigado en la comunión con el Señor, porque no ayuna de verdad quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios’. En este sentido, no se trata de dejar de comer cosas porque sí, sino ayunar para dejar espacio en el corazón para lo único necesario, el amor: ‘y así tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará’.
La Cuaresma implica vivir el amor a Dios manifestado en el amor al otro. Por eso, saciarnos de actos de servicio, por amor al otro; saciarnos de alegría, gozando cada minuto; saciarnos de optimismo, sabiendo que todo tiene un porqué y un para qué; saciarnos de paz siendo justos, saciarnos de amor, perdonando de corazón al otro; saciarnos de confianza viendo lo bueno que el otro tiene para ofrecerme; saciarnos de esperanza, teniendo la mirada puesta en el cielo, saciarnos de amor al contemplar al Señor que se despoja de todo para llegar ligero a la cruz, donde dará la vida por nosotros. Eso es la Cuaresma, vaciarnos de todo para saciarnos de amor. Y nuestro Padre, que ve en lo secreto, nos recompensará.

