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26 jun.-2026, viernes de la 12.ª semana del T. O.

El corazón de Cristo manifiesta la compasión paterna de Dios por ese hombre, acercándose a él y tocándolo. Y este detalle es muy importante.

Radiante mañana y plena del sol en la que nos das ocasión de tener un corazón agradecido y alegre para iniciar nuestras labores en este último día laboral de nuestra semana. La hemos podido compartir y vivir contigo porque has caminado a nuestro lado y nos has llevado a ser tu voluntad y la del Padre celestial como es: la de amar y servir a nuestros hermanos. 

Hoy, Señor, tenemos la ocasión reflexionar en tu palabra y encontrar en ella el camino más adecuado a tu querer.

Esta escena seguro que la hemos oído y reflexionado muchas veces y es sencilla de interpretar: cuando bajas del monte, acompañado por una multitud de personas que te seguían expectantes, se acerca un leproso. Tú hablas y tu Palabra ilumina nuestro diario vivir. 

¿Qué movió a ese leproso para romper con las reglas existentes y acercarse a Ti? Nos sorprende el atrevimiento del leproso al acercarse a Ti, a pesar de la lepra y sus consecuencias sociales, en cuanto se consideraba la enfermedad consecuencia del pecado. Saberse leproso suponía el dolor de la enfermedad, de la exclusión y de la soledad. Sentirse apartado de Dios y de los hombres. 

Tu Palabra ilumina nuestro hoy, nos hace una llamada importante. Sabernos necesitados, reconocer nuestros pecados, tomar conciencia, de las “lepras” que acompañan nuestro camino, que nos distancian de Dios y puede ser que también de la sociedad. Tengamos humildad para reconocer y romper tabús, reglas o el qué dirán y una muy grande fe que puede curarnos. 

El leproso se arrodilló a tus pies y te rogó: «si quieres, puedes curarme». Qué bonita oración: «si quieres Señor». Humildad para reconocer, valentía para acercarnos a Ti y una fe-confianza muy grande en Ti. 

Le dijiste al leproso: «quiero, sé limpio». Eres misericordia, compasión. Transgredes las normas imperantes, pones en el centro a la persona. Le devuelves al leproso la capacidad de reintegrarse en la convivencia fraterna. No buscas protagonismos [«no se lo digas a nadie, pero preséntate al sacerdote para que conste tu curación»].

Necesitamos que limpies en nuestro camino el encuentro con “leprosos” de nuestro tiempo, los excluidos y rechazados, en resumen, necesitados. Danos fortaleza para acercarnos a ellos de la manera que lo haces Tú. Te alabamos de bendecimos y te adoramos. Gracias, Señor. Amén.

Un muy feliz y esperanzador viernes.

Palabra del Papa

El episodio de la curación del leproso tiene lugar en tres breves pasos: la invocación del enfermo, la respuesta de Jesús y las consecuencias de la curación prodigiosa. El leproso suplica a Jesús «de rodillas» y le dice: «Si quieres, puedes limpiarme» (v. 40). Ante esta oración humilde y confiada, Jesús reacciona con una actitud profunda de su espíritu: la compasión. Y «compasión» es una palabra muy profunda: compasión significa «padecer-con-el otro». El corazón de Cristo manifiesta la compasión paterna de Dios por ese hombre, acercándose a él y tocándolo. Y este detalle es muy importante. Jesús «extendió la mano y lo tocó... la lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio» (v. 41-42). La misericordia de Dios supera toda barrera y la mano de Jesús tocó al leproso. Él no toma distancia de seguridad y no actúa delegando, sino que se expone directamente al contagio de nuestro mal; y precisamente así nuestro mal se convierte en el lugar del contacto: Él, Jesús, toma de nosotros nuestra humanidad enferma y nosotros de Él su humanidad sana y capaz de sanar. Esto sucede cada vez que recibimos con fe un Sacramento: el Señor Jesús nos «toca» y nos dona su gracia. En este caso pensemos especialmente en el Sacramento de la Reconciliación, que nos cura de la lepra del pecado. (papa Francisco, Ángelus del 15 de febrero de 2015).

«compasión» es una palabra muy profunda: compasión significa «padecer-con-el otro»
ORACIÓN 

Señor, me llama la atención esta bajada del monte de las Bienaventuranzas. Qué distinta de aquella bajada de Moisés del monte Sinaí entre truenos, relámpagos, miedos y castigos. Jesús, bajas de la montaña de Dios, pero un Dios Padre, lleno de compasión y de ternura. No bajas para castigar sino para salvar; no bajas para meter miedo, sino para dar confianza; no bajas porque no te lo pases bien en el monte, sino porque los hombres y mujeres que están en el valle te necesitan. Que yo sepa bajar de la contemplación a la acción. Señor, me llama la atención esta bajada del monte de las Bienaventuranzas. Qué distinta de aquella bajada de Moisés del monte Sinaí entre truenos, relámpagos, miedos y castigos. Jesús, bajas de la montaña de Dios, pero un Dios Padre, lleno de compasión y de ternura. No bajas para castigar sino para salvar; no bajas para meter miedo, sino para dar confianza; no bajas porque no te lo pases bien en el monte, sino porque los hombres y mujeres que están en el valle te necesitan. Que yo sepa bajar de la contemplación a la acción. Amén.

Reflexión https://www.iglesiaenaragon.com/lectio-divina-26-de-junio-de-2026

Jesús sube al monte. Jesús baja del monte.

Jesús sube no atraído por el aire sano de la montaña ni por el intenso olor de las flores en primavera, sino por el inmenso e infinito amor del Padre. Algo grande, inefable, misterioso ocurre siempre que Jesús se interna en el silencio de la noche y abre su corazón a la ternura infinita del Padre. Para Jesús esta oración es una fuerte atracción, una imperiosa necesidad, una íntima y gozosa experiencia.  Pero Jesús baja al valle donde están los problemas de la gente. Y, en este caso, se encuentra con un problema terrible, el de la enfermedad de la lepra. En realidad, son tres enfermedades en una:

  1. la física, dolorosa y difícil de curar;

  2. la social, que le apartaba de la sociedad para no contagiar.

  3. la religiosa, creyendo que eso sucedía como un castigo de Dios.

Y aquí está Jesús para sanarlo todo. Le cura la lepra y alivia su sufrimiento físico. Luego, lo manda al sacerdote para que certifique que está curado y pueda así reincorporarse en la sociedad. Asimismo, lo cura de la enfermedad más terrible, la de creer que Dios está lejos de él. 

Jesús le dice que Dios está tan cerca de él que le toca. Ese gesto por parte de Jesús es para expresarle con un apretón de manos, lo equivocado que estaba cuando se creía lejos de Dios. Dios no se contagia al tocar de cerca nuestras miserias y nuestras enfermedades.

Autor:
José Hernando Gómez Ojeda, pbro.