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27-jun.-2026, sábado de la 12.ª semana del T. O.

El Señor, persona, me mira a mí, persona». He aquí por qué dejarnos encontrar por el Señor significa, en definitiva, «dejarse amar por el Señor»

Nuestra última semana de este mes de junio, dedicado a tu sagrado corazón, es una motivación muy hermosa para darte gracias por todo lo transcurrido durante esta semana este mes y este tiempo tan especial. Nos hemos consagrado a tu amor en la familia en nuestras actividades diarias y en todo lo que hemos recorrido. Gracias, Señor, por tu amor, tu bondad y misericordia que nos siguen acompañando a través de nuestro diario vivir.

Hoy experimentamos la grandeza de tu amor en la palabra que hoy nos diriges y que tiene como actores tu disponibilidad y la humildad y sencillez de este centurión, porque ante la llamada de este centurión, que pertenece al pueblo dominador, tu respuesta es clara y sin dudas: “Voy yo a curarlo”.

Tú nunca mirarás a otro lado, siempre respondes amando. El amor se entrega y se abaja adonde está el otro. El centurión se sitúa con humildad en tu presencia, no se siente digno de que entre en su casa. Y se dirige a Ti con una fe anclada en su experiencia de vida. Él sabe que, si sus órdenes tienen poder sobre sus soldados, ¡cuanto más poder tiene tu Palabra! Alabas esta fe ante los que te seguían. Este centurión verdaderamente cree en Ti, te reconoce capaz de transformar el sufrimiento en Vida. Y sucede así, según ha creído; el criado se sano. Luego curas a la suegra de Pedro, de modo que ella se levanta y comienza a servir. Este es el movimiento de la Vida nueva que traes, tu Palabra la pone en pie, te invita a tomar la vida en tus manos y a ser libre para servir y amar. La suegra de Pedro comienza a vivir por amor, al servicio de los demás.

Tu Palabra tiene el poder de curar y expulsar demonios. No das la espalda a los dolores de este mundo, sino que te has entregado por ellos.

 ¿Cuánto hay en mí de fe? Y esta fe, ¿de qué modo hace mi vida nueva? Gracias, Señor, por abrir nuestros corazones a la fe y confianza en Ti. Te alabamos, te bendecimos y te glorificamos. Amén. 

Un muy feliz y maravilloso fin de semana. 

Palabra del Papa

En verdad, no es «fácil vivir con fe», destacó el Obispo de Roma. Y recordó el episodio del centurión que, según el relato del Evangelio de Mateo (8, 5-11), se postra ante Jesús para pedirle que cure a su siervo. «El Señor, en la palabra que hemos escuchado —explicó el Papa—, se maravilló de este centurión. Se maravilló de la fe que tenía. Había hecho un camino para encontrar al Señor. Pero lo había hecho con fe. Por ello no sólo encontró al Señor, sino que sintió la alegría de haber sido encontrado por el Señor. Y éste es precisamente el encuentro que nosotros queremos, el encuentro de la fe. Encontrar al Señor, pero dejarnos encontrar por Él. ¡Es muy importante!».

Cuando sólo nos limitamos a encontrar al Señor, subrayó, «somos nosotros —pero esto digámoslo entre comillas— los “dueños” de este encuentro». Cuando, en cambio, «nos dejamos encontrar por Él, es Él quien entra dentro de nosotros» y nos renueva completamente. «Esto —reafirmó el Papa— es lo que significa que venga Cristo: rehacer todo de nuevo, rehacer el corazón, el alma, la vida, la esperanza, el camino».

[…] Él nos mira uno por uno, a la cara, a los ojos, porque el amor no es un amor abstracto, sino un amor concreto. Persona por persona. El Señor, persona, me mira a mí, persona». He aquí por qué dejarnos encontrar por el Señor significa, en definitiva, «dejarse amar por el Señor». (papa Francisco, 2 de diciembre de 2013, en Santa Marta).

nos dejamos encontrar por Él, es Él quien entra dentro de nosotros
Oración 

Señor, qué bonita la expresión de aquel centurión: «No soy digno de que entres en mi casa». Es una fórmula que repito todos los días antes de comulgar; pero puede convertirse en una fórmula vieja, fría, carente de sentido. Lo que hace que esta fórmula esté siempre viva y agrade a Dios es la fe. No una fe gastada, al estilo de los judíos del tiempo de Jesús, sino una fe joven, sincera, confiada y comprometida, al estilo del Centurión. Dame, Señor, esta fe. Amén.

Reflexión 

Este evangelio me hace pensar.  La alabanza espontanea de Jesús a la fe nueva y joven del Centurión, un pagano, un hombre rechazado por los judíos, me descubre la fe que agrada a Dios, la que le provoca admiración. Y esa fe vieja y cansina de los judíos, de puros ritos externos; de menudear plegarias teniendo el corazón lejos de Dios, le provoca nauseas. “Porque no eres ni frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca” (Ap 3,16). La fe farisaica, la fe del sacerdote y el levita que bajan del templo y pasan de largo ante un hombre que yace en el suelo medio muerto al borde del camino, no agrada a Dios. La fe sencilla del samaritano que se detiene ante ese hombre que sufre, y le ofrece su vino y su aceite; y él mismo le monta en la cabalgadura y le paga al posadero, ésa agrada a Dios. Jesús nos dice que no podemos ir a Dios dando rodeos al hombre. Jesús alaba la fe del centurión porque éste cuida a su criado, lo trata como persona, y disfruta de poder recuperarlo sano. La suegra de Pedro, tan pronto como ha sido curada, se pone a servir. La religión de Jesús nos humaniza, nos pone al servicio de los demás, nos hace sensibles ante el dolor y sufrimientos de nuestros hermanos. Y esta es la fe que agrada al Padre.

Autor:
José Hernando Gómez Ojeda, pbro.