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4-mar.-2026, miércoles de la 2.ª semana de Cuaresma

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El camino del servicio es el antídoto más eficaz contra la enfermedad de la búsqueda de los primeros puestos; es la medicina para los arribistas

Buen amanecer y alegre despertar para darte gracias y poder levantarnos en tu nombre. Ahora que emprenderemos un nuevo día te pedimos que nos guíes, nos acompañes y hagas prósperas nuestras obras y palabras. 

Señor, tus profetas nos recuerdan, a tiempo y a destiempo, nuestras responsabilidades hacia ti y hacia nuestros hermanos. Te pedimos que, cuando sus palabras nos molesten y disgusten las tomemos como una sana molestia, y que su profecía suscite en nosotros la inquietud y el deseo sincero de hacer tu voluntad y de vivir en justicia y amor. Danos la ocasión de ser, también nosotros, verdaderos profetas que anunciemos esperanza y optimismo; danos valor y fortaleza para aceptar contigo cualquier sufrimiento por tu causa, porque sabemos que el sufrimiento es la firma de autenticidad en la vida de tu verdadero discípulo. Que el sufrimiento nos traiga vida, a nosotros y a nuestros hermanos. Que seamos capaces de elevar nuestra voz para corregir fraternamente a nuestros hermanos. 

Te pedimos, Señor, que seamos sencillos y humildes de corazón y que no esperemos más recompensa que tu presencia en nuestras vidas. Danos la gracia y la sabiduría de vivir este día en armonía y servicio a nuestros hermanos, sin buscar puestos de honor, permaneciendo cerca de Ti; sin buscar ser honrados por los demás, sino buscando tu recompensa divina. Amén. 

Un muy feliz y profético miércoles. 

PALABRA DEL PAPA

El mensaje del Maestro es claro: mientras los grandes de la Tierra construyen «tronos» para el poder propio, Dios elige un trono incómodo, la cruz, desde donde reinar dando la vida. (…) El camino del servicio es el antídoto más eficaz contra la enfermedad de la búsqueda de los primeros puestos; es la medicina para los arribistas, esta búsqueda de los primeros puestos, que infecta muchos contextos humanos y no perdona tampoco a los cristianos, al pueblo de Dios, ni tampoco a la jerarquía eclesiástica. Por lo tanto, como discípulos de Cristo, acojamos este Evangelio como un llamado a la conversión, a dar testimonio con valentía y generosidad de una Iglesia que se inclina a los pies de los últimos, para servirles con amor y sencillez. Que la Virgen María, que se adhirió plena y humildemente a la voluntad de Dios, nos ayude a seguir a Jesús con alegría en el camino del servicio, el camino maestro que lleva al Cielo. (Papa Francisco, Ángelus, 21 de octubre de 2018)

ORACIÓN 

Quiero, Señor, que mi oración en este día me lleve a una actitud de humildad y de servicio desinteresado a mis hermanos. Si Tú, siendo Dios, no has querido venir a este mundo para ser servido sino para servir a otros, ¿Cómo puedo yo tener tanta cara que piense en otra cosa? Yo quiero ser tu discípulo, yo quiero vivir aprendiendo siempre de Ti. Y te suplico que en la oración de este día aprenda esta hermosa lección: mi vida sólo tiene sentido sirviendo a los demás.

Amén. 

Recomendado:

Todo momento es bueno para acudir a las enseñanzas que Jesús nos dejó en su paso por este mundo. Leamos la Biblia y aprendamos el lenguaje del amor inscrito en ella.

Reflexión P. Raúl Romero López

Una vez más hay que decir con el profeta Isaías que «Los caminos de Dios no son nuestros caminos» (Is. 55, 8). Los caminos de Dios son de descenso: Del cielo a un pesebre, a un lavatorio de pies, a una Cruz, a un Altar. Parece que lo propio de Dios es bajar… En cambio, el camino de los hombres es de “ascenso”. Desde el principio, en el mismo Paraíso, el hombre quiere ser como Dios; después quiere levantar una torre que llegue al cielo. Si lo propio de Dios es “bajar” el hombre se empeña en “subir”.  Y esto está tan metido en nuestro corazón humano que hasta los mismos apóstoles que siguen a Jesús por el camino de la Cruz, van pensando en los primeros puestos. San Mateo, al escribir su evangelio, debió de sentir rubor al poner por escrito este hecho y trató de disimularlo metiendo a la madre por medio. Pero el evangelista Marcos, que había escrito su evangelio antes, dice con claridad que los propios discípulos iban pensando en quién de ellos sería el primero (Mc. 9,34). Lo peor es que, a más de veinte siglos de distancia, todavía en la Iglesia se piensa en cargos honoríficos, ascensos, lujosos ornamentos, dignidades, etc. Hoy más que nunca la Iglesia necesita sacerdotes, religiosos y laicos que —ante la pregunta del Señor: «¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?»— puedan responder con humildad: Señor, nosotros con nuestras fuerzas, no; pero con tu gracia, ¡podemos!

Autor:
José Hernando Gómez Ojeda, pbro.