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5-mar.-2026, jueves de la 2.ª semana de Cuaresma

Con el corazón mundano no se puede entender la necesidad y lo que hace falta a los demás.

En este maravilloso amanecer que nace para nosotros nuestro corazón se eleva a Ti y da gracias por el don de la vida y por un nuevo despertar. 

Señor, muchos de nosotros nunca disfrutamos tanto como ahora del bienestar y la vida, y por eso nos hemos vuelto engreídos y satisfechos de nosotros mismos, muchas veces felices en nuestro pequeño mundo egoísta. Haz que nuestros oídos permanezcan abiertos a tu palabra y nuestros corazones abiertos a ti y también a nuestros hermanos. No permitas que, en nuestra situación de bienestar, nos olvidemos de ti y de los demás o que pongamos nuestra esperanza solo en nosotros mismos. Danos la inquietud de buscarte a Ti en todo momento. Tú sabes lo que hay en nosotros, en nuestro corazón, y dónde está nuestro tesoro.  Danos fe no en nosotros mismos o en lo que nuestras manos han hecho, sino en lo que podemos construir contigo, para que todo lo que somos y hacemos sea un don que procede de tu generosa bondad y misericordia y fruto de nuestro trabajo. 

Gracias, Señor, por las palabras que hoy nos regala Jeremías y que nos ayudan a saber descubrir tu presencia en los “Lázaros”, hermanos nuestros, que encontraremos en nuestro diario vivir. 

«Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza. Será un árbol plantado junto al agua». Bendícenos, guárdanos y protégenos y danos la gracia de tu amor. Nuestra Madre Santísima nos acompañe y sea nuestro auxilio. Amén. 

Un muy feliz, vocacional y bendecido jueves.  

Meditación del papa Francisco

No se dice que el rico epulón fuera malvado, al contrario, tal vez era un hombre religioso, a su manera. Rezaba, quizás, alguna oración y dos o tres veces al año seguramente iba al Templo a hacer sacrificios y daba grandes ofrendas a los sacerdotes, y ellos con aquella pusilanimidad clerical se lo agradecían y le hacían sentarse en el lugar de honor. Pero no se daba cuenta de que a su puerta estaba un pobre mendigo, Lázaro, hambriento, lleno de llagas, símbolo de tanta necesidad que tenía.

El hombre rico tal vez el vehículo con el que salía de casa tenía los cristales polarizados para no ver fuera... tal vez, pero no sé... Pero seguramente, sí, su alma, los ojos de su alma estaban oscurecidos para no ver. Solo veía dentro de su vida, y no se daba cuenta de lo que había sucedido a este hombre, que no era malo: estaba enfermo. Enfermo de mundanidad. Y la mundanidad transforma las almas, hace perder la conciencia de la realidad: viven en un mundo artificial, hecho por ellos... La mundanidad anestesia el alma. Y por eso, este hombre mundano no era capaz de ver la realidad.

Muchas personas que llevan la vida de modo difícil; pero si tengo el corazón mundano, nunca entenderé eso. Con el corazón mundano no se puede entender la necesidad y lo que hace falta a los demás. Con el corazón mundano se puede ir a la iglesia, se puede rezar, se pueden hacer tantas cosas. Pero Jesús, en la Última Cena, en la oración al Padre, ¿qué ha rezado? 'Pero, por favor, Padre, custodia a estos discípulos para que no caigan en el mundo, que no caigan en la mundanidad'. Es un pecado sutil, es más que un pecado: es un estado pecador del alma (cf. Francisco, 5 de marzo de 2015, en Santa Marta).

ORACIÓN 

Te damos gracias por la verdad que revelas en tu palabra. Reconocemos que en nuestras vidas también podemos construir "abismos" de indiferencia por vivir centrados en nuestros propios placeres y comodidades.

Perdónanos por no ver a los "Lázaros" que pones a nuestra puerta, por la falta de compasión, por la indiferencia hacia el dolor ajeno y por poner nuestras riquezas o seguridades antes que el amor al prójimo.

Te pedimos que abras nuestros ojos para que tu palabra nos transforme hoy, al igual que lo hizo con Moisés y los profetas. Que la advertencia de esta parábola nos impulse a vivir con generosidad y a compartir lo que tenemos, asegurando que nuestra herencia sea el consuelo eterno contigo. Amén.

Reflexión Lucas Ongaro Arcie

Es interesante ver en este evangelio cómo el rico sólo se acuerda de Lázaro cuando necesita de él. En su vida, nunca lo tuvo presente para ayudarle a tener una vida más digna. En nuestra vida, muchas veces pasa lo mismo. Sólo nos acordamos de los demás para nuestro propio provecho y bienestar.

El rico se fue para el infierno no por sus bienes, sino porque dedicó toda su vida a satisfacer su propio gusto, en vez de haberla empleado en hacer obras de misericordia.

Todos los bienes y talentos que recibimos de Dios son para servir a los demás. Muchas veces no podremos ayudar materialmente, pero podemos dedicar nuestro tiempo, dar una sonrisa, unas palabras amorosas. La mejor forma de transmitir a Cristo, de evangelizar el mundo, es con nuestro ejemplo, con la donación de nuestro tiempo a los demás, tiempo que es la mayor riqueza que tenemos.

 

Autor:
José Hernando Gómez Ojeda, pbro.