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16-dic.-2024, lunes de la 3.ª semana de Adviento

Gabriel, mensajero de la esperanza

Alégrate Iglesia, llegó el mensajero, trae buenas noticias desde el santo cielo; en la Virgen María ya reposa el verbo, su “sí” le ha sembrado en su vientre tierno

Iniciando nuestra semana en un nuevo amanecer que tú nos regalas, mañana esplendorosa en la que iniciamos nuestra travesía de nueve días que son camino hacia la esperanza y hacia el amor; camino hacia Belén y camino de encuentro con el amor hecho un Niño, según la promesa del Padre celestial. Gracias, Señor, por darnos la ocasión de iniciar estos nueve maravillosos días en los que encontraremos el amor de nuestra madre, el amor de San José, el amor de Santa Isabel y el amor del anuncio de nuestro arcángel san Gabriel. 

Vamos a tener días hermosos esplendorosos por el sol, o de pronto días grises, pero todos son días de esperanza. Tu palabra nos cuestiona y hoy no tenemos que preguntar quién te ha dado semejante autoridad, porque ya sabemos que es del Padre celestial. 

Este es un tiempo para que nosotros contagiemos alegría y felicidad y seamos verdaderos mensajeros de buenas nuevas. Gracias porque este caminar lo haremos en servicio desinteresado y en encuentro con el hermano necesitado y quizás en soledad. Gracias, Señor, porque iniciamos nuestra semana y realizaremos nuestras labores con alegría y solicitud ayúdanos para que nuestras palabras y acciones sean según tu voluntad. Gracias, Señor, por la fortaleza que encontraremos a través de estos maravillosos nueve días de travesía esperanza te alabamos te bendecimos y te damos. Gracias, Señor. Amén. 

“Alégrate Iglesia, llegó el mensajero, trae buenas noticias desde el santo cielo; en la Virgen María ya reposa el verbo, su “sí” le ha sembrado en su vientre tierno. En él las promesas se ven ya cumplidas su nombre es santo y su Padre es Dios, y nos llama a todos anunciar al mundo, que es nuestra esperanza, nuestra salvación”.

Pensamientos para el Evangelio de hoy (evangeli.net)

* «Los príncipes de los sacerdotes y escribas temían al pueblo, a la verdad: la prueba de la huida es el temor del corazón» (san Agustín).

* «¡Jamás condenar! Si tú tienes ganas de condenar, condénate a ti mismo. Pido al Señor la gracia de que nuestro corazón sea luminoso con la verdad, grande con la gente, misericordioso» (Francisco).

* «La misma Palabra de Dios, que resonó en el Sinaí para dar a Moisés la Ley escrita, es la que en Él se hace oír de nuevo en el Monte de las Bienaventuranzas. Esa palabra no revoca la Ley, sino que la perfecciona aportando de modo divino su interpretación definitiva (…)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n.º 581).

Autor:
José Hernando Gómez Ojeda, pbro.