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5-may.-2026, martes de la 5.ª semana de Pascua

¡Basta ya de la exhibición de la fuerza! ¡Basta ya de la guerra! La verdadera fuerza se manifiesta en el servicio a la vida.

En nuestro anhelante caminar te damos gracias por un nuevo amanecer en este martes que nace para cada uno de nosotros. Hemos despertado y eso es motivo de alegría, porque dejamos el calor de las cobijas e iniciamos nuestras labores cotidianas con la certeza que caminarás a nuestro lado y nos darás palabras de esperanza y consuelo con los que compartiremos este día. 

Ahora reflexionamos tu palabra, que es fuente de inspiración para hacer tu voluntad y la del Padre celestial. Quien ama de verdad se alegra del bien de la persona amada y por eso tú nos dices: «si me amaran se alegrarían de que vaya al Padre». Tú te vas, pero nos dejas tu amor y nos dejas tu presencia y tu paz basada en el poder compartir con nuestros hermanos. Ayúdanos, Señor, a que los frutos de la fe sean el verdadero amor que brota en la esperanza y el optimismo, aún en medio de las dificultades y obstáculos que encontramos en el camino. Tú nos anuncias que vuelves al Padre, pero nos aseguras tu presencia entre nosotros. Permítenos amar y servir, ya que sólo el verdadero amor es capaz de hacernos vivir la verdadera fraternidad y nos ayuda a superar nuestras dificultades. Alienta y fortalece nuestros corazones para que cada día te agrademos más. Que nuestra Madre, la Virgencita, sea nuestra protección y auxilio y en su manto sagrado nos acoja. 

Feliz y santo martes vivido en servicio y solidaridad. 

si me amaran se alegrarían de que vaya al Padre

Palabra del Papa

¡Basta ya de la idolatría de uno mismo y del dinero! ¡Basta ya de la exhibición de la fuerza! ¡Basta ya de la guerra! La verdadera fuerza se manifiesta en el servicio a la vida. San Juan XXIII, con sencillez evangélica, escribió que la paz beneficia a todos, ‘es decir, a cada persona, a los hogares, a los pueblos, a la entera familia humana’. Y, repitiendo las palabras categóricas de Pio XII, añadía: ‘Nada se pierde con la paz; todo puede perderse con la guerra’ (Pacem in terris, 116).

Unamos, entonces, las energías morales y espirituales de millones, de miles de millones de hombres y mujeres, de ancianos y jóvenes que hoy creen en la paz, que hoy eligen la paz, que curan las heridas y reparan los daños causados por la locura de la guerra. Recibo muchas cartas de niños en zonas de conflicto; al leerlas se percibe, con la verdad de la inocencia, todo el horror y la inhumanidad de acciones de las que algunos adultos se jactan con orgullo. ¡Escuchemos la voz de los niños!

Queridos hermanos y hermanas, sin duda los gobernantes de las naciones tienen responsabilidades ineludibles. A ellos les gritamos: ¡deténganse! ¡Es tiempo de paz! ¡Siéntense en mesas de diálogo y de mediación!, no en mesas donde se planea el rearme y se deliberan acciones de muerte (León XIV oración del Santo Rosario para invocar la paz 11 de abril de 2026).

ORACIÓN 

Señor, soy un buscador empedernido. Te busco a Ti con todo mi corazón, con toda mi alma y con todo mi ser. Te busco y te ansío; te busco y te deseo; te busco y, aunque a veces no te encuentro, sólo en seguir buscándote, encuentro paz y consuelo. Dame el gusto de encontrarte, o al menos, sigue aumentando en mí el anhelo de seguir buscándote.

Reflexión https://www.iglesiaenaragon.com/lectio-divina-5-de-mayo-de-2026

En pocas épocas de la historia, la paz ha sido tan necesaria como ahora, porque nunca la violencia ha sido tan salvaje y devastadora. Pensemos en las guerras de Israel contra el Líbano, Estados Unidos contra Irán, etc.…  No pedimos cualquier tipo de paz sino la que nos da Jesús. Para un judío la palabra hebrea Shalom significaba el resumen y cúmulo de todos los bienes mesiánicos. La paz de Jesús la ha bebido en las mismas entrañas de su Padre. Esa es la paz que crea comunión y hace felices a todos los que la poseen. Si los cristianos, especialmente en la Eucaristía, nos damos esa paz de Jesús, ¿Cómo es posible que después de comulgar tengamos esa agresividad, esa violencia, esa poca paciencia, esas palabras tan duras e hirientes? San Pablo nos diría: “Eso no es recibir el Cuerpo del Señor”. “Unas celebraciones así os hacen más mal que bien” (1Cor. 13,17). Por otra parte, qué consoladoras las palabras de Jesús: «Si me amarais os alegraríais de que me fuera». Sólo cuando estemos convencidos del amor que el Padre nos tiene podremos ver la muerte como algo bueno, como lo mejor para nosotros. Y la mejor manera de vivir en paz y, sobre todo, de espera también en paz “esa hora de la muerte” es tener experiencias del cariño que Dios, nuestro Padre, nos tiene.

Autor:
José Hernando Gómez Ojeda, pbro.