Palabra del Papa
¡Basta ya de la idolatría de uno mismo y del dinero! ¡Basta ya de la exhibición de la fuerza! ¡Basta ya de la guerra! La verdadera fuerza se manifiesta en el servicio a la vida. San Juan XXIII, con sencillez evangélica, escribió que la paz beneficia a todos, ‘es decir, a cada persona, a los hogares, a los pueblos, a la entera familia humana’. Y, repitiendo las palabras categóricas de Pio XII, añadía: ‘Nada se pierde con la paz; todo puede perderse con la guerra’ (Pacem in terris, 116).
Unamos, entonces, las energías morales y espirituales de millones, de miles de millones de hombres y mujeres, de ancianos y jóvenes que hoy creen en la paz, que hoy eligen la paz, que curan las heridas y reparan los daños causados por la locura de la guerra. Recibo muchas cartas de niños en zonas de conflicto; al leerlas se percibe, con la verdad de la inocencia, todo el horror y la inhumanidad de acciones de las que algunos adultos se jactan con orgullo. ¡Escuchemos la voz de los niños!
Queridos hermanos y hermanas, sin duda los gobernantes de las naciones tienen responsabilidades ineludibles. A ellos les gritamos: ¡deténganse! ¡Es tiempo de paz! ¡Siéntense en mesas de diálogo y de mediación!, no en mesas donde se planea el rearme y se deliberan acciones de muerte (León XIV oración del Santo Rosario para invocar la paz 11 de abril de 2026).
ORACIÓN
Señor, soy un buscador empedernido. Te busco a Ti con todo mi corazón, con toda mi alma y con todo mi ser. Te busco y te ansío; te busco y te deseo; te busco y, aunque a veces no te encuentro, sólo en seguir buscándote, encuentro paz y consuelo. Dame el gusto de encontrarte, o al menos, sigue aumentando en mí el anhelo de seguir buscándote.
En pocas épocas de la historia, la paz ha sido tan necesaria como ahora, porque nunca la violencia ha sido tan salvaje y devastadora. Pensemos en las guerras de Israel contra el Líbano, Estados Unidos contra Irán, etc.… No pedimos cualquier tipo de paz sino la que nos da Jesús. Para un judío la palabra hebrea Shalom significaba el resumen y cúmulo de todos los bienes mesiánicos. La paz de Jesús la ha bebido en las mismas entrañas de su Padre. Esa es la paz que crea comunión y hace felices a todos los que la poseen. Si los cristianos, especialmente en la Eucaristía, nos damos esa paz de Jesús, ¿Cómo es posible que después de comulgar tengamos esa agresividad, esa violencia, esa poca paciencia, esas palabras tan duras e hirientes? San Pablo nos diría: “Eso no es recibir el Cuerpo del Señor”. “Unas celebraciones así os hacen más mal que bien” (1Cor. 13,17). Por otra parte, qué consoladoras las palabras de Jesús: «Si me amarais os alegraríais de que me fuera». Sólo cuando estemos convencidos del amor que el Padre nos tiene podremos ver la muerte como algo bueno, como lo mejor para nosotros. Y la mejor manera de vivir en paz y, sobre todo, de espera también en paz “esa hora de la muerte” es tener experiencias del cariño que Dios, nuestro Padre, nos tiene.