Otro día en el que el clarear de la mañana viene a nosotros y se convierte en fuente de inspiración para lo que realizaremos durante esta jornada. En las lecturas de este día, Pablo en su carta no pide para a los Efesios nada material, sino un espíritu de sabiduría y una revelación para que conozcan plenamente a Dios Padre y su fuerza poderosa que se manifestó en tu resurrección. Eso es todo lo que necesitan para ser felices. Y eso es lo único que nosotros necesitamos hoy para ser felices. Hemos sido llamados a una esperanza y tenemos por herencia una gloria, pero son tantas las distracciones de este mundo que no disfrutamos de ello, y andamos pidiendo la felicidad a quien no nos la puede dar. Si en la primera lectura Pablo pedía el Espíritu para los Efesios, a fin de que conocieran a Dios y su acción poderosa, ahora Tú mismo dices a tus apóstoles, y hoy a nosotros, que no temamos cuando tengamos que dar testimonio porque el Espíritu pondrá en nuestras bocas las palabras oportunas.
Muchas veces, queramos o no queramos, tenemos que dar testimonio de Ti en nuestro entorno. A veces callamos por vergüenza, por cobardía, por no quedar mal, por comodidad. Eres claro al decirnos: «el que no se ponga de mi parte ante los hombres, que no cuente conmigo ante los ángeles de Dios». Nuestro caminar sea perfecto en este día y podamos compartir con nuestros hermanos lo que tú nos regalas: tu presencia y tu amor. Feliz y anhelado fin de semana. Nuestra Señora la Virgencita nos auxilie y nos proteja.
PALABRA DEL PAPA
El Consolador, el Espíritu Santo, estará con los Apóstoles. Cuando Cristo ya no esté en la tierra, el Espíritu Santo los acompañará en los largos períodos de aflicción, que durarán siglos (cf. Jn 16, 17 ss.). Por tanto, estará con la Iglesia y en la Iglesia, especialmente en las épocas de luchas y persecuciones, como Jesús mismo promete a los Apóstoles con aquellas palabras que refieren los evangelios sinópticos: «Cuando os lleven a las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de cómo o con qué os defenderéis, o qué diréis, porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel mismo momento lo que conviene decir» (Lc 12, 11-12; cf. Mc 13, 11); «No seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros» (Mt 10, 20). Esas palabras se pueden referir a las tribulaciones que sufrieron los Apóstoles y los cristianos de las comunidades fundadas y presididas por ellos; pero también a todos los que, en cualquier lugar de la tierra, en todos los siglos, tendrán que sufrir por Cristo. Y, en realidad, son muchos los que, en todos los tiempos, incluidos los recientes, han experimentado esta ayuda del Espíritu Santo. Ellos saben ―y pueden dar testimonio de ello― qué gozo produce la victoria espiritual que el Espíritu Santo les concedió alcanzar. Toda la Iglesia de hoy lo sabe y es testigo de ello. (San Juan Pablo II - Audiencia general, 13 de marzo de 1991)
