Amanecer gratuito y bella mañana en este día dedicado a ti. Despertamos para contemplar la claridad de un nuevo día en el que nos regalas tu amor, tu bondad, tu misericordia y el don de la sabiduría y de la inteligencia para comprender tu palabra.
Hoy tomamos la acción de gracias de san Pablo dirigida a Dios. No habla primero de resultados ni de éxitos pastorales. Habla de tres actitudes que sostienen toda nuestra existencia cristiana: la fe que confía, el amor que se entrega y la esperanza que persevera. Esté tiempo nos empuja con facilidad hacia el desánimo. Nos acostumbramos a mirar el mundo o nuestra propia vida desde lo que falta. Pablo propone otro punto de partida: la gratitud. Solo quien agradece descubre que Dios sigue actuando. Y añade una afirmación preciosa: «Él os ha elegido». Antes de cualquier respuesta nuestra, tienes una iniciativa con cada uno de nosotros. Nuestra vocación cristiana no consiste primero en hacer muchas cosas para Ti, sino en llegar a ser la persona que quieres en nosotros. Con el tiempo que queremos dedicarte a ti también podemos reflexionar con mucha calma y paciencia tu iniciativa que hoy nos enriquece y nos muestras el camino que hemos de seguir.
Partimos desde tu palabra: «al César, lo que es del César y a Dios lo que es De Dios». Nuestro interrogante está en estas palabras: «¿es lícito pagar impuesto al César o no?» El verdadero interrogante no es cuánto damos al César. La pregunta realmente incómoda es otra: ¿estamos dando a Dios lo que le pertenece? Le pertenecen nuestra libertad, nuestra conciencia, nuestra dignidad y nuestra vocación más profunda. Cuando olvidamos esto, cualquier realidad humana corre el riesgo de convertirse en un absoluto.
Señor, cuando te hacen la pregunta, pides la moneda del tributo con la efigie del César y respondes: la moneda hay que dársela al emperador; ¿por qué? Porque es el dinero, y el dinero es lo más sucio de este mundo. Los que acuñan moneda tienen poder y por el dinero se dominan muchas cosas, incluso a los hombres. Entonces, ¿hay que someterse a él? ¡Noooo! Por eso añades con una intencionalidad manifiesta: «y a Dios lo que es de Dios». El dinero no es de Dios, sino que de Dios somos nosotros mismos, y por lo mismo nosotros solamente debemos estar sometidos a Dios. San Agustín, afirmaba: «El César busca su imagen, dádsela. Dios busca la suya: devolvédsela. No pierda el César su moneda por vosotros; no pierda Dios la suya en vosotros» (Com. Ps 57,11). La trampa la resuelves no solamente con inteligencia, sino con tu sabiduría donde salta por los aires la legalidad con la que pretenden acusarte en su caso. Tu respuesta no es evasiva, sino profética; porque a trampas legales no valen más que respuestas proféticas. El tributo de hacienda es socialmente necesario; el corazón, no obstante, lleva la imagen de Dios donde el hombre recobra toda su dignidad, aunque pierda el “dinero” o la imagen del césar de turno que no valen nada. Ayúdanos, señor, a comprender tu pensamiento que es divino ante el pensamiento humano. Amén.
Un muy feliz y descansado domingo para hacer la voluntad del Padre, pensando que a Dios le damos lo que es de Dios: nuestro corazón, nuestra solidaridad, nuestro amor y tu servicio.
LAS PALABRAS DE LOS PAPAS
Jesús responde con un sorprendente realismo político, vinculado al teocentrismo de la tradición profética. El tributo al César se debe pagar, porque la imagen de la moneda es suya; pero el hombre, todo hombre, lleva en sí mismo otra imagen, la de Dios y, por tanto, a él, y sólo a él, cada uno debe su existencia. Los Padres de la Iglesia, basándose en el hecho de que Jesús se refiere a la imagen del emperador impresa en la moneda del tributo, interpretaron este paso a la luz del concepto fundamental de hombre imagen de Dios, contenido en el primer capítulo del libro del Génesis. (…) Esta palabra de Jesús es rica en contenido antropológico, y no se la puede reducir únicamente al ámbito político. La Iglesia, por tanto, no se limita a recordar a los hombres la justa distinción entre la esfera de autoridad del César y la de Dios, entre el ámbito político y el religioso. La misión de la Iglesia, como la de Cristo, es esencialmente hablar de Dios, hacer memoria de su soberanía, recordar a todos, especialmente a los cristianos que han perdido su identidad, el derecho de Dios sobre lo que le pertenece, es decir, nuestra vida. (Benedicto XVI, Homilía en la Santa Misa por la Nueva Evangelización, 16 de octubre de 2011)
