Segundo día de nuestra segunda semana de Cuaresma, vamos recorriendo un camino que tú mismo nos vas señalando, Señor. Te damos gracias por este nuevo amanecer que nos abre unas expectativas y unas esperanzas de seguir en esta travesía a través del desierto cuaresmal que tú nos vas señalando. Un desierto en el que encontramos oasis que nos ayudan a recuperar fuerzas para seguir adelante en esta travesía.
Nos ha dicho hoy por medio del libro de Isaías: «escucha la enseñanza de nuestro Dios [...] lávense, purifíquense y aparten de mi vista sus malas acciones Dejen de hacer el mal y aprendan a hacer el bien». Iniciamos nuestras labores de este día y te pedimos, Señor, que nos ayudes en todo momento a hacer el bien, a practicar la caridad, la misericordia con todos nuestros hermanos que nos encontraremos en este día de labores.
Encontramos en tu palabra suficientes elementos para saber que vamos caminando a este ritmo de esperanza que tú nos señalas. Tú nos enseñas: «hagan y cumplan lo que les digan, pero no hagan lo que ellos hacen». Permítenos, Señor, que esas palabras dirigidas a los escribas y los fariseos sigan siendo para nosotros una motivación para hacer el bien, practicar la justicia y vivir la misericordia que tú nos regalas.
Que podamos hacer la voluntad del Padre celestial, porque en estas palabras que nos das —«el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido»— ahí es donde encontráramos el verdadero sentido que nos regalas. No nos podemos enaltecer ante lo que hagamos; al contrario, que en humildad y en sencillez, seamos verdaderos discípulos misioneros, llenos de consuelo, de esperanza de calidad hacia los demás, permite, Señor, que al término de este día nuestras labores hayan sido bendecidas en tu amor en tu misericordia, pero ante todo en tu voluntad.
Un muy feliz y santo martes, lleno de humildad, de sencillez, pero ante todo de servicio.
Palabras del Santo Padre
Jesús denuncia abiertamente algunos comportamientos negativos de los escribas y de algunos fariseos: «quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las plazas» (v. 6-7). Esta es la tentación que corresponde a la soberbia humana y que no siempre es fácil de vencer. Es la actitud de vivir solo por la apariencia. (…) Nosotros discípulos de Jesús no debemos buscar título de honor, de autoridad o de supremacía. Yo os digo que a mí personalmente me duele ver a personas que psicológicamente viven corriendo detrás de la vanidad de las condecoraciones. Nosotros, discípulos de Jesús, no debemos hacer esto, ya que entre nosotros debe haber una actitud sencilla y fraterna. Todos somos hermanos y no debemos de ninguna manera dominar a los otros y mirarlos desde arriba. No. Todos somos hermanos. (Ángelus, 5 de noviembre de 2017)