Hermosa fiesta la que nos regalas hoy y nos llenas de tu presencia. Al comienzo de nuestra semana laboral este martes, te damos gracias por un nuevo amanecer lleno de ilusiones para iniciar nuestra labor cotidiana.
Gracias, Señor, porque en la Solemnidad de la Anunciación del Señor nos muestras el camino de la obediencia y el cumplimiento de la voluntad del Padre celestial. En tu mensaje hay dos protagonistas, la Virgen María y la Palabra que transmite el ángel Gabriel. María en su sencillez está abierta a la voluntad de Dios. Y es la Palabra, la que transforma, da seguridad y, sin forzar la libertad de María, la lleva a una aceptación gozosa de la voluntad del Padre.
María responde: «que se cumpla en mí tu Palabra». Por eso Ella ocupa un Lugar tan especial, único, en los designios de Dios sobre la humanidad. El «sí» de María en su humildad y sencillez inaugura todos los «síes» que somos invitados a dar ante las llamadas del Padre celestial y tus mismos llamados.
María después de escuchar, acoge. Las palabras dan fruto en su interior, no pasan como el viento, sino que se quedan y echan raíces en su corazón. Aprendamos de nuestra Madre a vivir una acogida humilde del plan del Padre en nuestra vida. Que Ella nos enseñe a aceptar con amor los designios divinos y a no alejarnos de su presencia.
Madre del amor y la ternura sabemos que en tu Hijo nos abrazas a todos los que somos sus discípulos. A Ti acudimos Madre, cuando nos sentimos tentados, tristes o en peligro. A Ti Madre nos acogemos y como nos dice el Papa Francisco: “Ella es la que se estremecía de gozo en la presencia de Dios, la que conservaba todo en su corazón y se dejó atravesar por la espada. Es la santa entre los santos, la más bendita, la que nos enseña el camino de la santidad y nos acompaña. Ella no acepta que nos quedemos caídos y, a veces, nos lleva en sus brazos sin juzgarnos. Conversar con ella nos consuela, nos libera y nos santifica. La Madre no necesita de muchas palabras, no le hace falta que nos esforcemos demasiado para explicarle lo que nos pasa. Basta musitar una y otra vez: «Dios te salve, María…»”. Gracias Madre por tu amor y tu ternura. Gracias Señor por regalárnosla como nuestra Madre. Permite que sus palabras sean para nosotros un compromiso: «HACED LO QUE EL OS DIGA».
Bendícenos, guárdanos y protégenos. Un muy feliz y mariano martes lleno de alegría y optimismo.
Meditación del papa Francisco
La voluntad de Dios es la ley suprema que establece la verdadera pertenencia a Él. María instaura un vínculo de parentesco con Jesús antes aún de darle a luz: se convierte en discípula y madre de su Hijo en el momento en que acoge las palabras del Ángel y dice: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra». Este «hágase» no es sólo aceptación, sino también apertura confiada al futuro. ¡Este «hágase» es esperanza!
María es la madre de la esperanza, la imagen más expresiva de la esperanza cristiana. Toda su vida es un conjunto de actitudes de esperanza, comenzando por el "sí" en el momento de la anunciación. María no sabía cómo podría llegar a ser madre, pero confió totalmente» (Papa Francisco, 21 de noviembre de 2013).
ORACIÓN
Madre y Reina de la Anunciación: a Tu corazón de Madre entrego mi alma, mis pensamientos, recuerdos, imaginaciones, deseo y temores.
Recibe mi corazón, que sea un solo palpitar con el tuyo, mi cuerpo con tus sentidos. Quiero mirarte Madre con gratitud.
Te entrego mi lengua, que en cada frase que pronuncie repita: “Soy todo tuyo”. Quiero pedirte más amor para el Santo padre, para la Iglesia, para todos mis hermanos.
Madre bondadosa desde hoy quiero vivir contigo, que tú dirijas mis pasos y deseos y para eso al iniciar una acción me diré: ¿Cómo lo haría María?
Te entrego mi vida espiritual, que sea un vivir en el amor del Espíritu Santo para todos mis hermanos.
Amén.