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26-jul.- domingo de la 17.ª semana del T. O.

El discípulo de Cristo no es uno que se ha privado de algo esencial; es uno que ha encontrado mucho más: ha encontrado la alegría plena que solo el Señor puede donar

Al despertar en un nuevo día y motivándonos, porque es día de descanso, dedicado a ti y a la familia, lo recibimos en alegría, fe y esperanza, lleno de amor y buenos sentimientos, ya que tenemos motivos para agradecerte el don de la vida.

En este domingo también recordamos y celebramos a Joaquin y Ana, padres de María. Elevamos nuestro canto de acción de gracias y alabanza, porque, en verdad, somos dichosos, porque contemplamos las maravillas que Dios Padre hace por cada uno de nosotros. por lo que hemos visto y oído, por lo que vemos y oímos cada día.

La alegría del Evangelio, la alegría del amor deberá traducirse en una forma de vida que sea de acción de gracias y servicio. El amor de Joaquin y Ana, debe inspirarnos nuestra acción de gracias. Hoy también nos invita tu palabra a descubrir el tesoro escondido en el campo de nuestros corazones y que es el amor de nuestros abuelitos, ya que en ellos encontramos sabiduría, discernimiento y buenos consejos que nos van guiando a través de nuestras vidas. El cariño y el amor de nuestros abuelos nos hace comprender que en ellos abrimos el corazón y vamos llevando este tesoro como lo más especial, porque en ellos encontramos seguridad y confianza para saber que siempre estarán orando por cada uno de sus hijos o nietos. Gracias, Padre celestial, por nuestros abuelitos y te pedimos que los conserves con salud y bienestar. Bendícelos guárdalos y protégelos. Amén. 

Un muy feliz domingo de descanso y que ojalá nuestro corazón agradecido se vuelque en abrazos y besos para nuestros Alca abuelos. 

Estas dos parábolas: “el tesoro” es decir, lo más valioso, y “la perla” es decir, lo más precioso son la clave para entender todo el evangelio.  Se habla de “vender todo”; pero no como condición para adquirir el tesoro, sino como consecuencia después de haberlo encontrado. La parábola al revés no funciona. El vender todo lo que tienes, no es garantía ninguna de encontrar el tesoro. Hay que dejar nuestro corazón abierto para llenarnos del “gran tesoro” que es JESÚS. Lo demás vendrá solo. 

PALABRAS DE LOS PAPAS

Frente al descubrimiento inesperado, tanto el campesino como el mercader se dan cuenta de que tienen delante una ocasión única que no pueden dejar escapar, por lo tanto, venden todo lo que poseen. La valoración del valor inestimable del tesoro lleva a una decisión que implica también sacrificio, desapegos y renuncias. Cuando el tesoro y la perla son descubiertos, es decir, cuando hemos encontrado al Señor, es necesario no dejar estéril este descubrimiento, sino sacrificar por ello cualquier otra cosa. No se trata de despreciar el resto, sino de subordinarlo a Jesús, poniéndole a Él en el primer lugar. La gracia en el primer lugar. El discípulo de Cristo no es uno que se ha privado de algo esencial; es uno que ha encontrado mucho más: ha encontrado la alegría plena que solo el Señor puede donar. Es la alegría evangélica de los enfermos sanados; de los pecadores perdonados; del ladrón al que se le abre la puerta al paraíso. (…)  Hoy somos exhortados a contemplar la alegría del campesino y del mercader de las parábolas. Es la alegría de cada uno de nosotros cuando descubrimos la cercanía y la presencia consoladora de Jesús en nuestra vida. Una presencia que transforma el corazón y nos abre a la necesidad y a la acogida de los hermanos, especialmente de aquellos más débiles.  (papa Francisco - Ángelus, 30 de julio de 2017)

es necesario no dejar estéril este descubrimiento, sino sacrificar por ello cualquier otra cosa
REFLEXIÓN-EXPLICACIÓN https://www.iglesiaenaragon.com/domingo-17-tiempo-ordinario-26-de-julio-de-2026 

Estas parábolas de Jesús se aclaran si entendemos el hallazgo del tesoro o la perla como el flechazo de una persona que se enamora. Todo lo que supone para ella el tener que dejar casa, padres, ambiente, incluso el país, le parecerá normal ante el gozo de vivir con la persona a quien tanta ama.  Lo importante, en nuestra fe, es ser seducidos por Jesucristo y descubrir el gozo de vivir con Él. La Buena Nueva de ese Reino conmueve los corazones, despierta una alegría desbordante, causa una entrega apasionada. Los que oyen y comprenden esta noticia, arriesgan todo lo que tienen para ganar a Dios y su Reino.

1.- Hay que descubrir a Dios como el verdadero tesoro de la vida.  Tal vez en otros tiempos en los que “lo religioso” estaba presente en el mundo social y lo impregnaba todo, la fe pudo vivirse de otra manera. Hoy, en un mundo secularizado, nos jugamos todo en un “encuentro personal con Jesucristo”. Este encuentro con Jesús cambia radicalmente nuestra vida. Como cambió la vida de aquellos primeros discípulos que seguían a Jesús sin conocerle. Jesús les dice: «¿Qué buscáis?» Y ellos le responden: «¿Dónde moras?»  «Venid y ved». El texto ya no nos dice qué vieron, qué sintieron, qué palparon. Sólo nos dice que estaban en el desierto, es decir, donde Jesús no podía ofrecerles nada y, sin embargo, se quedaron con Él. Quedaron seducidos por su persona. (Jn 1, 35-39). A Jesús hay que descubrirle como Alguien que nos ayuda, nos anima, nos hace buenos, nos llena de ilusión y de esperanza.

Notemos que el comerciante dejó de buscar perlas cuando encontró la perla de gran precio. La vida eterna, la herencia incorruptible y el amor de Dios a través de Cristo constituyen la perla que, una vez encontrada, hace innecesaria la búsqueda. Cristo satisface nuestras mayores necesidades, satisface nuestros anhelos, nos hace completos y limpios ante Dios, calma y tranquiliza nuestros corazones y nos da esperanza para el futuro.

“¿Qué quería decir Jesús con las dos parábolas del tesoro escondido y de la perla preciosa? Más o menos esto: ha sonado la hora decisiva de la historia. ¡Ha llegado a la tierra el Reino de Dios! En concreto, se trata de Él, de su venida a la tierra. El tesoro escondido, la perla preciosa no es otra cosa que el mismo Jesús. Es como si Jesús con esas parábolas quisiera decir: ‘la salvación os ha llegado gratuitamente por iniciativa de Dios, tomad la decisión, aprovechad la oportunidad, no dejéis que se os escape. Es el tiempo de la decisión’” (Raniero Cantalamessa). 

2. – Lo que debe motivar la decisión por seguir a Jesús es el “gozo”. La religión de Jesús es la religión de la alegría. Los Salesianos lo tienen claro: “Nosotros ponemos la esencia de la santidad en vivir siempre alegres”. Han captado la esencia del evangelio. Es una mala Catequesis hablar de las exigencias que comporta la vida cristiana sin haber hecho una presentación cautivadora de la persona de Jesús. Si Lucas escribe un evangelio a los no-judíos, es porque Él quedó fascinado por la “bondad y la dulzura de Jesús”. Y si a lo largo de los siglos, miles y miles de hombres y mujeres han dejado todo por seguirle, no es porque eran unos locos, sino porque quedaron entusiasmados de la persona de Jesús.  Lo único que cambia a una persona es otra persona. Y lo único capaz de cambiar la vida de los cristianos es “el encuentro al vivo con Jesús”.

3.- Diferencia entre las parábolas del tesoro y la perla con la parábola de la red. La parábola de la red que se llena de peces y los ángeles separan los gordos de los pequeños y éstos son arrojados al mar, para sacar la consecuencia de que los malos son arrojados al horno de fuego donde hay llanto y rechinar de dientes, no encaja con las dos primeras. Esta parábola, metiendo miedo a la gente, no fue dicha por Jesús sino puesta por el evangelista con fines moralizantes. Notemos que, desde la parábola pronunciada por Jesús, explicada por los predicadores y narrada por el Evangelista han pasado cuarenta años y la parábola ha podido quedar desdibujada. Para nuestra satisfacción, se ha encontrado esta parábola en el evangelio apócrifo de Tomás, redactado en copto, contemporáneo a los evangelios canónicos y descubierto en 1945. Y dice así: «El reino de los cielos se parece a un pescador que salió a pescar y le entró un pez grande, hermoso. Tiró al mar los pececillos que había pescado, y se quedó con el pez grande». Ese pez grande, hermoso, es JESUCRISTO, Los pececillos ya no interesan. Esta sería la parábola original de Jesús, que está en la misma línea de las anteriores.

Autor:
José Hernando Gómez Ojeda, pbro.