Bendecidos en tu amor y tu misericordia, nos levantamos en tu santo nombre y lo hacemos con alegría y optimismo, sabiendo que todo vendrá de tus manos y todo lo que haremos será multiplicado y bendecido por Ti.
Al recordar el martirio de Juan el Bautista te pedimos en este día que nos ayudes a comprender su entrega generosa por amor a Ti y a tu palabra. Muchas personas que hacen de su vida una entrega tienen una linda experiencia, sienten que es más lo que reciben que lo que ellas mismas dan. Pablo había dado mucho a la comunidad de Tesalónica. Juan Bautista era una de esas personas a las que mueve el Espíritu. Zacarías, su padre, impulsado por ese mismo Espíritu, había dicho de él: «y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados». No era cualquier misión y cumplirla le supondría tensiones, conflicto, persecución. Pero confió en Ti.
Ayúdanos a comprender que, siendo discípulos tuyos, no podemos ser un Herodes que cede a presiones de personas o circunstancias dejando a un lado la convicción personal. Menos aún Herodías rencorosa, astuta y manipuladora. Tenemos mejor modelo en Juan, un hombre capaz de preparar tus caminos, aunque cueste sacrificios extremos. Hoy no nos exiges dar la vida física, pero si gastar nuestras vidas en entrega, disponibilidad y servicio a nuestros hermanos. Te alabamos, te bendecimos y te glorificamos. Te damos gracias por tu infinito amor. Amén.
Feliz y anhelado viernes, último día laboral que nos prepara un buen fin de semana.
El comentario del papa Francisco
En su homilía de la Misa celebrada en la Casa de Santa Marta el 8 de febrero de 2019, el Papa Francisco explica la actitud de los principales personajes de este drama: el rey Herodes, "corrupto e indeciso"; Herodías, la esposa del hermano del rey, que "sólo sabía odiar"; Salomé, "la vana bailarina"; y Juan, “el profeta solo en su celda".
El rey "creía que Juan era un profeta", "lo escuchaba de buen grado", en un momento dado "lo protegió", pero al final lo metió en la cárcel. Estaba indeciso, porque Juan "le reprochaba su pecado", el adulterio. En el profeta, Herodes "escuchaba la voz de Dios que le decía: ‘Cambia de vida’, pero no conseguía hacerlo: el rey era corrupto, y es muy difícil salir de la corrupción ". Era un hombre corrupto que "trataba de hacer equilibrios diplomáticos" entre su propia vida -no sólo adúltera, sino también “llena de muchas injusticias que llevó a cabo"- y la conciencia de "la santidad del profeta que tenía delante". Y no consiguió resolver este conflicto.
De Herodías, la esposa del hermano del rey, el Evangelio sólo dice que odiaba a Juan porque hablaba con claridad. "Y sabemos que el odio es capaz de todo -comenta el Papa Francisco-, es una gran fuerza. El odio es el aliento de Satanás: pensemos que no sabe amar, que no puede amar. Su ‘amor’ es el odio. Y esta mujer tenía el espíritu satánico del odio" que destruye.
El tercer personaje es la hija de Herodías, Salomé, buena bailarina, "que agradó mucho a los comensales y al rey". Herodes, en su entusiasmo, le prometió: "Te lo daré todo". El Papa Francisco explica que el rey “utiliza las mismas palabras que usó Satanás para tentar a Jesús: 'Si me adoras te daré todo, todo el reino'. Y ni siquiera sabe que usa las mismas palabras. Porque “detrás de estos personajes está Satanás, sembrador de odio en la mujer, sembrador de vanidad en la hija, sembrador de corrupción en el rey”.
Juan el Bautista, el Santo, el "hombre más grande nacido de mujer" acabó solo en una oscura celda a causa “del capricho de una bailarina vanidosa, el odio de una mujer diabólica y la corrupción de un rey indeciso”. El Bautista muere como un mártir. No es un mártir de la fe —porque no se le pide que reniegue de ella— sino un mártir de la verdad. Es un hombre "justo y santo" condenado a muerte por su libertad de palabra y por ser fiel a su mandato. San Juan dejó que su vida fuera disminuyendo para dejar espacio al Mesías. El más grande terminó así. Pero Juan sabía que debía empequeñecerse: "Es necesario que Él crezca y que yo disminuya", dijo (Jn 3, 30). Juan mostró a Jesús a los primeros discípulos, señalándolo como la Luz del mundo, y luego se desvaneció lentamente en la oscuridad de una celda en la prisión. Donó su vida disminuyendo hasta la muerte. La vida sólo tiene valor al donarla en el amor, en la verdad, al donarla a los demás en lo cotidiano, en la familia. Hay que donarla siempre. Si alguien toma su vida para sí, para conservarla como el rey en su corrupción, la reina en su odio o la joven en su vanidad, la vida muere, se marchita, no sirve.