Buenos y santos días iniciados con la bendición del Padre celestial y bajo la protección de nuestra Madre celestial.
En tu transfiguración, iluminaste los ojos de la fe de tus apóstoles para que pudieran ver más allá de las apariencias, y reconocerte como El Hijo amado.
Fortalece también nuestra fe en Ti. Ayúdanos a reconocer algo de tu rostro en nuestros hermanos para que caminemos contigo, participemos de tu gloria, y escuchemos tu Palabra para poner todas nuestras energías y hacer de nuestras opciones y acciones un verdadero testimonio. Danos la fortaleza necesaria para subir a la montaña de la esperanza y transfigurarnos contigo para ser bondadosos y misericordiosos como tú lo eres. Que, al concluir esta semana laboral, te escuchemos y que no exclamemos como Pedro «que bien se está aquí», sino que vayamos a nuestras actividades con actitudes de misericordia, de servicio y de fraternidad. Amén.
Un muy feliz y vocacional jueves, vivido en actitud de servicio y generosidad.
Las palabras de los Papas
Como en el día del bautismo en el Jordán, también hoy escuchamos la voz del Padre en el monte, que proclama: «Este es mi Hijo muy querido», mientras el Espíritu Santo cubre a Jesús con una «nube luminosa» (Mt 17,5). Con esta expresión, realmente singular, el Evangelio describe el estilo de la revelación de Dios. El Señor, cuando se manifiesta, nos revela su magnificencia; frente a Jesús, cuyo rostro brilla «como el sol» y cuyas vestiduras se vuelven «blancas como la luz» (cf. v. 2), los discípulos admiran el esplendor humano de Dios. Pedro, Santiago y Juan contemplan una gloria humilde, que no se exhibe como un espectáculo para las multitudes, sino como una confidencia solemne. La Transfiguración anticipa la luz de la Pascua, acontecimiento de muerte y de resurrección, de tinieblas y de luz nueva que Cristo irradia sobre todos los cuerpos flagelados por la violencia, sobre los cuerpos crucificados por el dolor, sobre los cuerpos abandonados en la miseria. En efecto, mientras el mal reduce nuestra carne a una mercancía o a una masa anónima, precisamente esta misma carne resplandece con la gloria de Dios. El Redentor transfigura así las llagas de la historia, iluminando nuestra mente y nuestro corazón. ¡Su revelación es una sorpresa de salvación! ¿Aún nos atrae? El verdadero rostro de Dios, ¿encuentra en nosotros una mirada de admiración y de amor? El Padre responde a la desesperación del ateísmo con el don del Hijo Salvador; el Espíritu Santo nos rescata de la soledad agnóstica ofreciéndonos una comunión eterna de vida y de gracia; frente a nuestra fe débil, se encuentra el anuncio de la resurrección futura. Esto es lo que los discípulos habían visto en el fulgor de Cristo, pero para comprenderlo se necesita tiempo (cf. Mt 17,9). Tiempo de silencio para escuchar la Palabra, tiempo de conversión para gustar de la compañía del Señor. (León XIV - Ángelus, 1 de marzo de 2026)
