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6-ago.- jueves de la 18.ª semana del T. O.

En efecto, mientras el mal reduce nuestra carne a una mercancía o a una masa anónima, precisamente esta misma carne resplandece con la gloria de Dios.

Buenos y santos días iniciados con la bendición del Padre celestial y bajo la protección de nuestra Madre celestial.

En tu transfiguración, iluminaste los ojos de la fe de tus apóstoles para que pudieran ver más allá de las apariencias, y reconocerte como El Hijo amado. 

Fortalece también nuestra fe en Ti. Ayúdanos a reconocer algo de tu rostro en nuestros hermanos para que caminemos contigo, participemos de tu gloria, y escuchemos tu Palabra para poner todas nuestras energías y hacer de nuestras opciones y acciones un verdadero testimonio. Danos la fortaleza necesaria para subir a la montaña de la esperanza y transfigurarnos contigo para ser bondadosos y misericordiosos como tú lo eres. Que, al concluir esta semana laboral, te escuchemos y que no exclamemos como Pedro «que bien se está aquí», sino que vayamos a nuestras actividades con actitudes de misericordia, de servicio y de fraternidad. Amén. 

Un muy feliz y vocacional jueves, vivido en actitud de servicio y generosidad. 

Las palabras de los Papas

Como en el día del bautismo en el Jordán, también hoy escuchamos la voz del Padre en el monte, que proclama: «Este es mi Hijo muy querido», mientras el Espíritu Santo cubre a Jesús con una «nube luminosa» (Mt 17,5). Con esta expresión, realmente singular, el Evangelio describe el estilo de la revelación de Dios. El Señor, cuando se manifiesta, nos revela su magnificencia; frente a Jesús, cuyo rostro brilla «como el sol» y cuyas vestiduras se vuelven «blancas como la luz» (cf. v. 2), los discípulos admiran el esplendor humano de Dios. Pedro, Santiago y Juan contemplan una gloria humilde, que no se exhibe como un espectáculo para las multitudes, sino como una confidencia solemne. La Transfiguración anticipa la luz de la Pascua, acontecimiento de muerte y de resurrección, de tinieblas y de luz nueva que Cristo irradia sobre todos los cuerpos flagelados por la violencia, sobre los cuerpos crucificados por el dolor, sobre los cuerpos abandonados en la miseria. En efecto, mientras el mal reduce nuestra carne a una mercancía o a una masa anónima, precisamente esta misma carne resplandece con la gloria de Dios. El Redentor transfigura así las llagas de la historia, iluminando nuestra mente y nuestro corazón. ¡Su revelación es una sorpresa de salvación! ¿Aún nos atrae? El verdadero rostro de Dios, ¿encuentra en nosotros una mirada de admiración y de amor? El Padre responde a la desesperación del ateísmo con el don del Hijo Salvador; el Espíritu Santo nos rescata de la soledad agnóstica ofreciéndonos una comunión eterna de vida y de gracia; frente a nuestra fe débil, se encuentra el anuncio de la resurrección futura. Esto es lo que los discípulos habían visto en el fulgor de Cristo, pero para comprenderlo se necesita tiempo (cf. Mt 17,9). Tiempo de silencio para escuchar la Palabra, tiempo de conversión para gustar de la compañía del Señor. (León XIV - Ángelus, 1 de marzo de 2026)

Pedro, Santiago y Juan contemplan una gloria humilde, que no se exhibe como un espectáculo para las multitudes
ORACIÓN 

Este relato de la transfiguración está puesto después del anuncio de la Pasión. Los apóstoles han quedado desconcertados con el anuncio de un Mesías sufriente. Y sienten miedo a seguirte. Como todos nosotros, que también tenemos miedo al sufrimiento. Pero Tú, Señor, adelantando tu propia Resurrección, quieres quitarnos todos los miedos y todas las dudas. Nunca nos hablas de tu muerte sin añadir que vas a resucitar. Morir sólo es morir. Y dura un instante. Resucitar es vivir para siempre.

Reflexión https://www.iglesiaenaragon.com/transfiguracion-del-senor-6-de-agosto-de-2026 

  Para un lector familiarizado con la Biblia, evocar la subida a un monte, mencionando a Moisés y la presencia de una nube, todo eso nos remite al episodio de Moisés en el Sinaí. (Ex.24). Cuando Moisés bajó del Sinaí tenía la cara radiante. y eso expresa la revelación de Dios.  Jesús es el Nuevo Moisés.

A.– Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó a una montaña alta. La montaña es el lugar de las teofanías o manifestaciones de Dios. Si encima era “alta” significa una manifestación profunda, muy especial. Jesús manifiesta lo que es: “El Hijo amado del Padre” Ya no hay que escuchar ni a Moisés (La Ley) ni a Elías (los profetas).  Jesús sube a la montaña con tres discípulos: Pedro, Santiago y Juan.  ¿Por qué esos tres? ¿Por ser sus predilectos? No. Porque lo necesitan. Pedro ha pretendido apartar a Jesús de la Cruz. Y Jesús le ha reprendido fuertemente. Santiguo y Juan, en el mismo camino hacia Jerusalén, cuando Jesús hablaba de lo que tenía que padecer el Hijo del Hombre, ellos hablan de los “primeros puestos” de “quién será el más importante”. Y estos mismos discípulos, al no ser bien recibido Jesús por los samaritanos, le han pedido que “lloviera sobre ellos fuego del cielo”. Jesús les regañó” (Lc. 9,54-55).  Jesús se los sube a la montaña para cambiarles, para transformarles.

B.– Señor, ¡qué bien se está aquí!  Si quieres haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Y aquí vienen dos errores graves de Pedro: 1) El querer permanecer siempre en la montaña. Jesús sube a la montaña, pero para bajar. En la montaña, cerca del cielo, se puede estar muy bien; pero el mundo, la gente, los problemas, las preocupaciones, están abajo. Ciertamente que hay que mirar más al cielo, pero para pisar mejor la tierra. ¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? (Hech. 1,11).  2) El segundo error está en pretender hacer “tres tiendas iguales”. Es decir, Pedro pone a Jesús al mismo nivel que Elías y Moisés. Es como un personaje importante del A.T. ¿Todavía no se ha enterado Pedro de quien es Jesús? El evangelista Marcos, en su lugar paralelo, dice: “Pedro no sabía qué decía” (Mc. 9,6). Y nosotros, que llevamos tanto tiempo siguiendo a Jesús, estamos muy equivocados cuando, en la práctica, damos más importancia al dinero, al ocupar un cargo importante, al ser más que los demás, a pasarlo bien, que a Jesús. Y debemos tener muy claro que Jesús no es “uno más”. Jesús es Dios, es el Absoluto, el Definitivo, el Señor a quien debemos entregar las riendas de nuestra vida.

C.- “Al alzar los ojos no vieron más que a Jesús solo”. Y, según el evangelista, este debe ser el resultado de este encuentro.  A la montaña, hemos podido subir con una mirada corta y miope al estilo de los discípulos. Pero de la montaña no se puede bajar uno como se ha subido. Un verdadero encuentro con Dios nos cambia, nos purifica, nos transforma, nos hace ver la vida de otra manera. Y qué bonita sería la vida si todo lo viéramos con los ojos de Jesús. Qué mirada tan honda, tan misteriosa, tan escalofriante tendríamos hacia nuestro Padre Dios. Y qué mirada tan bondadosa, tan comprensiva, tan misericordiosa hacia nuestros hermanos.  Podríamos decir lo mismo que Jacob con relación a su hermano Esaú ya arrepentido: «He visto a Dios en el rostro benévolo de mi hermano”. (Gn. 33,10)

Autor:
José Hernando Gómez Ojeda, pbro.