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8-dic.-2024, domingo de la 2.ª semana de Adviento

Solemnidad de la Inmaculada concepción: «Me regocijo de alegría en el Señor, mi alma se alegra en mi Dios»

Bello día y bello amanecer el que nos regalas, Señor, para poder sentir la alegría en nuestro corazón, porque podemos honrar a tu madre santísima y Madre nuestra. María nos guía en el camino a todos los que caminamos hacia Ti, Señor. Hoy aplicamos a María, la virgen concebida sin pecado, las palabras del profeta: «Me regocijo de alegría en el Señor, mi alma se alegra en mi Dios». Porque es como el jardín de donde el Padre celestial hace brotar la buena semilla. Porque es la sierva del Señor y la imagen de lo que habríamos de ser. 

Dios es fiel a sus promesas y, por medio de María, Tú has venido a nosotros. María es la primera y la única que fue preservada del pecado. Ella es el paraíso restaurado donde Dios y nosotros nos encontramos mutuamente. 

Gracias, Madre, porque con tu “sí” nos abriste las puertas del amor y la ternura, al ser la “humilde Sierva del Señor”. Cuando dijiste “sí” a los planes divinos, nos diste al Salvador.

Acepta, Señor, nuestro “sí”, para que podamos llevar tu vida y tu esperanza a todos nuestros hermanos. Que éste sea el sacrificio que te agrade, y que nos haga crecer día a día en tu justicia, tu amor tu servicio y generosidad. Amén.

Ayer celebramos las primeras vísperas de nuestra Solemnidad de Nuestra Madre Santísima en su Inmaculada Concepción y prendimos nuestras velas para significar la alegría y la Luz de un nuevo día lleno de claridad y calor esperanzado. Cada una de nuestras velitas significó un propósito y una promesa: salud, bienestar, unidad y armonía espiritual. Nuestra Madre nos conceda lo que con cariño hemos pedido y deseado. Madre del Amor y la Ternura ruega por nosotros.

Feliz y mariano Domingo lleno de la intercesión de Nuestra Madre. 

Consagración a la Inmaculada

Redactado por San Maximiliano Kolbe

OH, INMACULADA, Reina del Cielo y de la tierra, Refugio de los pecadores y Madre nuestra amorosísima, a quien Dios quiso confiar la entera economía de la misericordia, yo (nombre), indigno(a) pecador(a), me postro a tus pies, suplicándote humildemente que quieras aceptar todo y completamente como cosa y propiedad tuya, y que hagas lo que te agrade de mí, de todas las facultades de mi alma y de mi cuerpo, de toda mi vida, muerte y eternidad.

Haz de mí y de todo mi ser lo que tú quieras, sin reserva alguna, para que se cumpla lo que fue dicho de ti: “Ella te aplastará la cabeza” (Gn 3,15), como también: “Tú sola destruiste las herejías en el mundo entero” para que en tus manos inmaculadas y misericordiosísimas yo llegue a ser un instrumento útil para injertar e incrementar lo más fuertemente posible tu gloria en muchas almas extraviadas e indiferentes y para extender, de ese modo, lo más que sea posible, el bendito Reino del Sacratísimo Corazón de Jesús  En donde tú entras, obtienes la gracia de la conversión y de la santificación, ya que toda gracia fluye, a través de tus manos, del Corazón dulcísimo de Jesús hasta nosotros. 

Sacerdote: Concédeme que te alabe, Oh Virgen Santísima.

PALABRAS DEL SANTO PADRE

En este tiempo de Adviento, dejémonos guiar por la exhortación del Bautista: “Preparad el camino al Señor, allanad sus senderos”. Nosotros preparamos el camino del Señor y allanamos sus senderos cuando examinamos nuestra conciencia, cuando escrutamos nuestras actitudes, cuando con sinceridad y confianza confesamos nuestros pecados en el sacramento de la penitencia. En este sacramento experimentamos en nuestro corazón la cercanía del reino de Dios y su salvación. La salvación de Dios es trabajo de un amor más grande que nuestro pecado; solamente el amor de Dios puede cancelar el pecado y liberar del mal, y solamente el amor de Dios puede orientarnos sobre el camino del bien. Que la Virgen María nos ayude a prepararnos al encuentro con este Amor cada vez más grande que en la noche de Navidad se ha hecho pequeño, pequeño, como una semilla caída en la tierra, la semilla del reino de Dios. (Ángelus 4 de diciembre de 2016)

Autor:
José Hernando Gómez Ojeda, pbro.