Bendecido y santificado inicio de semana que nos regalas, Señor, por tu inmensa bondad y misericordia. Hoy nos levantamos en alegría y en optimismo, en fe y esperanza para emprender este camino que tú quieres que recorramos con tu ayuda y bajo tu guía. Ayúdanos a poner en Ti toda nuestra esperanza y a confiar en que Tú nos levantarás de nuestro desaliento, de nuestros miedos y de nuestra resignación muchas veces apática y pasiva. Cúranos de nuestras culpas y haznos personas que saltemos de optimismo y alegría a causa tuya. Con alegría y entusiasmo, permítenos continuar tu obra de curación en favor de nuestros hermanos que sufren y viven en soledad.
Asimismo, te pedimos que, además de sanados, seamos también sanadores. Tú dijiste al paralitico y también hoy a nosotros: “Tus pecados te son perdonados. Levántate”. Que esta experiencia nos llene de inmensa gratitud y nos ayude para decirnos, unos a otros, palabras de ánimo y reconciliación. Que Hoy seamos como los amigos del paralítico que vencemos los obstáculos que nos van presentando para el bien de nuestros hermanos. Aumenta nuestra fe y bendícenos abundantemente. Amén.
Un muy feliz y santo inicio de semana, llena de buenas obras y de buenas acciones, pero ante todo de buenos propósitos y de optimismo.
Pensamientos para el Evangelio de hoy (evangeli.net)
* «Dios es el padre de las cosas creadas; y María es la madre de las cosas recreadas. Pues Dios engendró a aquel por quien todo fue hecho; y María dio a luz a aquel por quien todo fue salvado» (san Anselmo).
* «El saludo del ángel está entretejido con hilos del Antiguo Testamento. María es el retoño que, en la oscura noche invernal de la historia, florece del tronco abatido de David: de Ella germina el árbol de la redención. Dios no ha fracasado, como podía parecer al inicio de la historia: Dios salvó y salva a su pueblo» (Benedicto XVI).
* «Esta resplandeciente santidad del todo singular de la que [María] fue enriquecida desde el primer instante de su concepción, le viene toda entera de Cristo: Ella es redimida de la manera más sublime en atención a los méritos de su Hijo (…)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n.º 492).
